Ganas de escribir, .. que ya son ganas

Pepe Fernández
Vitamina D, anabolizantes, darwiniana evolución  y ganas de escribir , que ya son ganas.
Pepe Fernández.-Desde luego, me refiero a copiar mi pobre léxico de supervivencia semanal para rellenar los huecos que otros mejores colaboradores  no han podido este fín de semana. Juego con los píxeles de la pantalla de mi ordenador y enmaraño torpemente  cansinas palabras con el único  afán de contar, como mejor sé,  mis vivencias, liberar mi afligida psique  y denunciar públicamente lo que para mí es una transgresión a las libertades individuales cuando se usurpa por macarras musculitos a ciudadanos indefensos pertrechados sólo de la débil armadura que le proporciona la civilizada educación, a la postre inútil, a la chulería y desdén de quienes anteponen -y casi siempre convencen intimidatoriamente –  sus abdominales y juventud como un neo-derecho de pernada  frente a aquellos que han necesitado toda una vida para manejarse con respeto frente a sus congéneres.
Después del solsticio de invierno, la luz vuelve a recuperar su espacio y su tiempo, la vitalidad regresa , otra año más, a recorrer nuestro cuerpo y como el Ave Fénix emergemos desde nuestro reciente pasado lleno de calorías acumuladas en nuestros flancos, de las que intentamos desprendernos con más ejercicio físico, auspiciado por esos rayos de sol a los que cada día les cuesta más desaparecer por nuestro Atlántico horizonte.
Y es que no hay mejor que un soleado día postsolsticial, para cumplir las promesas recién cumplidas de soltar lastre  en el año que acabamos de iniciar y, a la postre, renacer como la mismísima y alegórica Venus.
Las ensoberbecidas quinceañeras, conscientes de su valor añadido, quieren llegar pronto hasta el sol como Juan Salvador Gaviota para su temprano bronceado anual y así aliviar  el peso de sus  costosas prendas invernales, que les pertmitirán  lucir sus insinuantes o desarrollados y embelesantes atributos,  exigiendo su ración diaria de vanidad, exhibicionismo y… vitamina D.
Los chicos adolescentes siguen la misma pauta, tan necesaria para forzar la continuidad del género humano, pavoneándose, como cualquier macho en la naturaleza, y ganarse el favor de la deseada.
 
Algunos, sin embargo, en un vano afán de sustituir su materia gris,  muestran más interés en sacar rédito de sus músculos frente a cualquier nimiedad que le enfrente con otro de su género, que en ganarse la confianza y los favores de la hembra más cercana.
 
El chulo de turno luce camiseta de mangas cortas,claro, en pleno invierno con temperaturas que si bien no asustarían a ningún nórdico, pondría a prueba las defensas del más valiente, pero él no encuentra otra manera de reivindicar su presencia física, pues la otra, la ingeniosa, intelectual o civilizada, ni sabe dónde se encuentra.
 
Por eso,el chulo macarra intimida con su mirada y ademanes al pobre hombre que le increpa por haberse colado en la incipiente cola que se forma cuando una nueva caja se abre en el establecimiento de turno. Mientras el empleado de Mercodonna, con mirada triste y perdida, propia de todos los de su status laboral en la secta empresarial a la que pertenece, pasa ceremoniosamete por el láser lector la compra del gañan sin intervenir en el intercambio de palabras de los afectados.
 
No respeta, el “cani”, a vicho viviente que se cruce en su camino,aplastándolo con su infame,esperpéntica  y desafiante “pose” canallesca a la espera de la respuesta física del interlocutor que le increpa.
 
Al final, entre la inactividad del empleado que no quiere problemas o que no se entera debido a su ración diaria de "somma", la impotencia del atribulado consumidor que no puede contrarrestar al bárbaro harto de anabolizantes y el silencio de todos los demás, el chulo sale pavoneándose por haber vencido en una “batalla” pírrica que relatará como hazaña a la enamorada o el enamorado de turno que  tenga la desgracia de sufrir a tan insignificante y desgraciado espécimen de ¿ homo sapiens, sapiens? que se quedó en el camino evolutivo del atávico y reminiscente cromagnon .

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