Promesas rotas

Luis Antonio Mariscal Rico
Porque una vez que tomó posesión del cargo mandó a tomar viento su promesa, argumentando que la anterior alcaldesa cobraba más de lo que ella suponía. Y claro, así no valía. Entonces, se otorgó a ella misma el austero sueldo de 59.136 euros, muy apropiado para un pueblo con una deuda aproximada –entonces– de 100 millones de euros.
Luis Antonio Mariscal Rico.-Han pasado ya prácticamente 4 años desde las últimas elecciones municipales que tantas expectativas levantaron en Sanlúcar. Pero una vez más, la frustración y el desánimo han sido el resultado de la gestión municipal llevada a cabo por un equipo de gobierno. La foto de la entonces candidata por el PSOE a la alcaldía, Irene García, bailando el corro de la patata alrededor de la Casa Arizón, quedará en los anales de este pueblo como paradigma de arribismo político. Pocos meses después de alcanzar la alcaldía, Irene García supo adaptarse perfectamente a sus nuevas circunstancias personales y pasó de ferviente defensora a fría agresora de este Conjunto Monumental sanluqueño. No ha sido esta la única actitud controvertida de la actual primera edil.

Con ese populismo que le caracteriza, prometía en sus mítines electorales que sería la alcaldesa del pueblo, que se mostraría cercana a sus conciudadanos. Para ello, dedicaría parte de su tiempo –de conseguir la alcaldía– a recibir en su despacho a todo aquel sanluqueño o sanluqueña que tuviera alguna propuesta, queja o reivindicación que hacer. Como es natural, tras unas primeras audiencias populares, imposibles de gestionar de forma eficaz, la alcaldesa cortó por lo sano y relegó el cumplimiento de su promesa de cercanía con el pueblo hasta las próximas elecciones municipales, cuya campaña ya ha empezado.
 
Alardeando de una supuesta política de austeridad, Irene anunció entonces a bombo y platillo que –en el caso de resultar elegida– sus retribuciones quedarían reducidas a la mitad respecto de las que Laura Seco percibía como alcaldesa. Claro, visto lo que ocurrió después, aquello resultó ser una chufla. Porque una vez que tomó posesión del cargo mandó a tomar viento su promesa, argumentando que la anterior alcaldesa cobraba más de lo que ella suponía. Y claro, así no valía. Entonces, se otorgó a ella misma el austero sueldo de 59.136 euros, muy apropiado para un pueblo con una deuda aproximada –entonces– de 100 millones de euros. Si le hacemos caso, la anterior alcaldesa debía ingresar por uno u otro concepto cerca de 120.000 euros anuales (el doble). Curioso. No sé si Laura Seco debería haber hecho algún comentario a propósito de esta cuestión.
 
Pero no quedaron aquí sus medidas de austeridad. Nombró un jefe de gabinete, su asesor personal y actual compañero de ejecutiva, al que adjudicó unas austeras retribuciones de 79.996 euros (similares a las del Presidente del Gobierno). Hubiera sido más sensato, digo yo, que el asesor –a todas luces un portento– hubiese encabezado la lista del PSOE y que Irene le hubiese prestado su asesoramiento.
 
Otros ejemplos de promesas incumplidas, una vez que prácticamente hemos agotado la legislatura, son la de destinar el 50% del suelo público disponible a viviendas de protección oficial o la de urbanizar el polígono “El Perejil”, actuaciones todas ellas que se comprometió a poner en marcha durante los primeros cien días de mandato.
 
Por todo lo anterior, no salgo de mi estupor al ver un vídeo electoral de Irene García en YouTube donde se afirma sin rubor: “Los sanluqueños nos merecemos una alcaldesa que no nos mienta…”. Sin duda, todo un monumento al cinismo. Si alguna frase célebre acude en ayuda de este atónito articulista es la atribuida a uno de los personajes más siniestros del siglo pasado:
Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.
(Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del gobierno de Hitler)
 
Conociendo al personal, quiero informar a los posibles militantes y simpatizantes del PSOE sanluqueño que deseen comentar esta artículo, que he solicitado mi baja del PSOE hace ya algún tiempo (por email), argumentando el deseo de sentirme libre para expresar mis opiniones sin entrar en conflicto con cualquier especie de lealtad malentendida. En esta ocasión, como en otra anterior, el señor Verdún no ha contestado mi escrito. Es su problema. Cuando saque la cabeza del agujero espero que se digne responder. Aunque ya sea tarde.

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