Patético

Luis Antonio Mariscal Rico
Utopía
Luis Antonio Mariscal Rico.-Los ciudadanos tuvimos nuestro instante de gloria, como estaba previsto. Al igual que con cada visita del Halley, tras su eterno viaje de ida y vuelta por nuestro sistema solar, el domingo 22 de mayo –entre las 9 y las 20 horas–pudo avistarse la estela de un cometa, esta vez formada por millones de ciudadanos camino de las urnas. Tan efímera y periódica es la  visita del astro a nuestro planeta, como la relevancia de quienes ostentamos el poder real en esta democracia: los ciudadanos. Durante varios meses, los políticos nos han lisonjeado con todo tipo de carantoñas y adulaciones, nos han manoseado como vulgares objetos de deseo y nos han terminado “poniendo en valor”.
Pero ya atrás quedaron las enloquecedoras caravanas por las barriadas para apostar por aquello, o para luchar por esto otro, o para proponer lo de más allá. La función terminó, y la tramoya se ha desmantelado; así pues, los políticos agradecen la atención prestada y se despiden de nosotros hasta dentro de 3 años y 10 meses, fecha de la próxima representación de “Bienvenida Miss Utopía”, en la que los ciudadanos colaboramos como figurantes, con gran agitar de banderitas, al grito de: “…os recibimos,… políticos con alegría,… olé mi madre,… olé mi suegra y olé mi tía” (entrañable Pepe Isbert).
En realidad, los que manifestamos nuestro desencanto y escepticismo con el sistema democrático actual lo hacemos –quiero creer que mayoritariamente– porque deseamos más democracia… y de mayor calidad. Conseguir esto pasa, necesariamente, por una mayor participación y por un mayor control de los ciudadanos en lo referente a la cosa pública. Evidentemente, me refiero a algo más que votar una vez cada cuatro años y si te he visto no me acuerdo, que diría el castizo. Sin duda que sería posible conseguir una democracia más participativa, si los que tienen la capacidad de conducirnos a una nueva realidad (los políticos) así lo quisieran.
 
Pero a una buena parte de los ciudadanos de este país les parece muy improbable que esto ocurra, pues mucho poder perderían quienes ostentan la representatividad de la ciudadanía. Y no les falta razón. Ahora tienen un cheque en blanco. El sistema democrático español se ha apalancado en una situación en la que una oligarquía política, de naturaleza bipolar, ha tomado el control de la sociedad. Y la sociedad ha quedado rehén de esta situación, aceptándola –temerosa– como el menor de los males que podrían acontecernos. Pero algo se está moviendo en las entrañas de esta sociedad. Démosle un poco de tiempo.
 
No puedo decir que esté contento por el resultado electoral. Mi ideario sobre la realidad que observo se  encuentra en las antípodas de la ideología neoconservadora que la derecha de este país maneja. Pero se veía venir. No se pueden recortar derechos ciudadanos, cuando te han votado por tu compromiso con los más desfavorecidos, y esperar que la gente no reaccione. Sobre todo cuando el derroche en otros ámbitos de lo público es más que patente. Ahora se quiere tener un debate ideológico en el PSOE, según dicen ya sin rubor los llamados “barones” socialistas; ahora, cuando el culo ha perdido el sillón que lo sostenía; ahora,  y no cuando el golpe de timón dado por José Luis Rodríguez Zapatero destrozó el aparejo de la nave en la que muchos ilusos confiamos llegar a buen puerto. Pero con todo, lo más triste es la carencia de autocrítica de personajes relevantes del gobierno y del PSOE, como Pepe Blanco. El hombre lo ha querido arreglar y ha culpado a una parte de los votantes socialistas de escorarse al centro derecha. Es lo que tiene la oligarquía política, que la sociedad a veces es injusta con ella. Patético.

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