No basta con la intención
Luis Antonio Mariscal Rico.-La celebración de la Conferencia Política del PSOE, al margen de sus conclusiones, ha surtido efectos terapéuticos visibles sobre el partido, aquejado de una severa crisis de identidad tras las recientes derrotas electorales. Escucharse los unos a los otros, insuflándose ánimos y esperanzas, parece que ha devuelto a la casa socialista buenas dosis de autoconfianza y autoestima. Es una terapia muy conocida, esta de la sugestión colectiva para superar miedos, fracasos y dudas de fe. Pero se equivocarían los participantes de este concilio si pensaran que sus discusiones y conclusiones han bastado para “recuperar” a tantos progresistas desahuciados de la política. Es más, es muy probable que este espectáculo de luz y color haya enojado a más de uno.
Vaya por delante mi respeto por el trabajo de tantas personas que han hecho posible estas jornadas de discusiones y negociaciones. Pero, en mi opinión, no es este el camino. No al menos el que los ciudadanos parecen estar reclamando. Hay un principio que rige las relaciones humanas a todos los niveles desde tiempos inmemoriales: el principio de confianza. Gracias a dicho principio, uno acepta trabajar a lo largo del mes, confiando que al final del mismo recibirá el pago correspondiente; o uno queda con un amigo para ir al cine, en la confianza que se verán en el punto acordado; o uno llama al 112 por una urgencia, confiando en que recibirá la ayuda solicitada; o un hijo se lanza a dar sus primeros pasos, confiando que su padre evitará su caída. Es muy fácil: tú me das confianza, yo confío en ti. Mientras dicha confianza no se quiebre, ésta resulta ser un instrumento muy útil para la vida de las personas. Pero si se quiebra, es muy complicado recuperarla y a veces, imposible.
Por eso los partidos democráticos de otros países son muy sensibles a este aspecto social de la confianza. Si un candidato recibe un revés en unas elecciones, porque el electorado le retira su confianza, el partido busca un sustituto a través del mecanismo interno que sea. Volver a presentar la misma cara una y otra vez al electorado, o dejar que sea el equipo que lideró la derrota el mismo que pilote el partido hacia no se sabe bien dónde, además de ser inútil en una sociedad librepensadora, es un acto de soberbia hacia los ciudadanos que emitieron su veredicto en las urnas. No pueden ser los mismos que han llevado una empresa a la ruina, los que sigan dirigiéndola, o los que marquen las nuevas estrategias para que otros la intenten reflotar. Primero, porque supone una falta de autenticidad clamorosa: ¿si ahora dicen que van a hacer esto, po rqué no lo hicieron antes?; ¿Por qué no pudieron o por qué no quisieron? ; Si no pudieron, ¿qué circunstancias han cambiado para afirmar que ahora sí pueden?; Si no quisieron, ¿qué razones se esgrimen para justificarlo? Y segundo, dejan las manos y las ideas atadas a los que vengan detrás: ¿con qué criterio se va a elegir un candidato?; ¿El que se sepa mejor el guion?; ¿El más guapo?; ¿El más joven? A mí, el sentido común me dice que las primarias de un partido representan, por sí mismas, una oportunidad para renovar el discurso, no para asumir uno dado. Si un candidato no puede presentar una propuesta diferenciadora de gobierno, sus ideas y sus planes propios, entonces el mecanismo de elección será un camelo. Por ejemplo, ya sabemos que el PSOE se encuentra cómodo con su republicanismo monárquico. ¿Puede un candidato revertir esta posición aprobada en la Conferencia Política y proponer la República como objetivo a alcanzar en la próxima legislatura?
Otro aspecto, ligado al de la confianza en las personas que lideran un determinado proyecto político, es el de la solvencia a la hora de presentar las propuestas. No basta con proponer estupendas medidas de corte social e institucional desde la oposición, sin explicar con qué margen político y financiero se piensa contar para ello. Somos un protectorado de los mercados financieros, de los grandes grupos económicos nacionales y del Vaticano. No podemos estornudar sin el permiso de Bruselas, los Bancos o la Santa Sede. En este contexto convendría ser honesto y exponer, con la crudeza que la situación obliga, qué logros pueden ser razonablemente alcanzados en la búsqueda del bienestar, en cuánto tiempo y con qué sacrificios. Por ejemplo, las modificaciones propuestas a la Constitución no son más que un deseo de difícil materialización, dado el antagonismo existente entre las dos opciones políticas cuyo acuerdo, hoy por hoy, resulta imprescindible. Son necesarios los votos afirmativos de los 3/5 de ambas cámaras para aprobar cualquier modificación ordinaria de la Constitución.
Por último, tan importante como transformar una sociedad es conseguir el sostenimiento de su modelo de convivencia social y económica. Para ello, hacen falta líderes en las dos “orillas” que sean capaces de consensuar el núcleo de esta convivencia. Con una derecha tan ideologizada como la que tenemos en este país parece complicado conseguirlo. Nuevamente, no basta con la intención. Unilateralmente será difícil alcanzar metas sociales y conservarlas, ya que la alternancia de este modelo bipartidista permite, cómo la prenda que Penélope tejía y destejía durante su larga espera de Ulises, tejer y destejer periódicamente conquistas y logros de los ciudadanos. En este sentido, la modificación de la ley electoral debería ser un objetivo prioritario para no desperdiciar tanto voto progresista que se queda en los restos de cada circunscripción.

