Hastío electoral

Luis Antonio Mariscal Rico
Hastío electoral
"Qué quieren que les diga,… que ya estoy cansado de tanta fanfarria, de tanta incompetencia a la hora de identificar y resolver los problemas más importantes y urgentes de este pueblo, de tanta mojigatería institucional, de tanto meapilas, de tanto aprovechado, de tanta incultura, de tanto tópico y de tanta falta de ética a la hora de ejercer la política"
Luis Antonio Mariscal Rico.-Resulta patético observar el empeño –la obsesión, diría yo– de los partidos políticos por ocupar, en periodo electoral, todo el espacio mediático y social posible. El tema daría para realizar más de una tesis doctoral en el campo de la sociología. Esta exacerbación de la actividad de los políticos, durante apenas un par de meses cada cuatro años, traslada al ciudadano una imagen penosa de la política y produce en él una sensación de hastío por el cansino mercadeo de “promesas por votos” al que se ve sometido en cada convocatoria electoral.
A pocas semanas de la cita electoral, el político sanluqueño busca la excusa más nimia para aparecer en el lugar y en el momento más oportunos (electoralmente hablando), siempre acompañado por su equipo de campaña, cámara en ristre, para dejar constancia de su consideración e interés máximos –reflejados en la posterior nota de prensa– por este o aquel problema que seguramente lleve meses, sino años, planteado. Como es natural, tras el simulacro de análisis “in situ” de dicho problema con los afectados y el reparto de culpas a diestro y siniestro, el político pasa al capítulo de las promesas. En realidad, el político se limita a decir aquello que los ciudadanos quieren escuchar de él. Ningún político sale a la calle con las cuentas hechas. Por tanto, es imposible que le cuadren los números en su irresponsable intento de complacer a todo mundo a la vez.
 
Cuando no está practicando el contacto personal con sus electores, a pie de calle, el político sanluqueño se afana en la realización, a troche y moche, de enésimos encuentros, jornadas, ferias, reuniones y talleres, eventos todos ellos estúpidos, vacuos y sin ninguna repercusión útil conocida para la sociedad sanluqueña.
 
Como en un gran juego fatuo, que cada cuatro años tocara escenificar, los ciudadanos nos dejamos mecer (o eso piensan estos políticos) por la mano de unos chisgarabís vacíos de principios y de honestidad, de unos pícaros en busca de fortuna, de unos arribistas con la ética dispuesta entre las gónadas. Cada cuatro años se renuevan, en fin, mentiras y engaños, y se proyecta sobre los ciudadanos un futuro idílico donde parece que los perros acabarán atados con longanizas.
 
Qué quieren que les diga,… que ya estoy cansado de tanta fanfarria, de tanta incompetencia a la hora de identificar y resolver los problemas más importantes y urgentes de este pueblo, de tanta mojigatería institucional, de tanto meapilas, de tanto aprovechado, de tanta incultura, de tanto tópico y de tanta falta de ética a la hora de ejercer la política. Da igual quien ocupe el sillón consistorial, la dinámica de este pueblo es así de perversa. No es de extrañar que los mejores de entre nosotros, los más preparados, los que tienen y persiguen un sueño, los que ven más allá de sus narices y aspiran a algo más que a incienso y manzanilla, acaben por marcharse. No se les puede reprochar nada.
 
Me gustaría que algún político, alguna vez, tuviese la valentía y la honestidad de decir lo que piensa, y no lo que los ciudadanos piensen que debería decir; que algún político, alguna vez, dijese “no”, aunque ello le acarrease pérdida de votos; que algún político, alguna vez, se comprometiese con la regeneración social de este pueblo; que algún político, alguna vez, fuese capaz de explicarnos el porqué permanecemos estancados, mirándonos el ombligo, mientras otros pueblos avanzan; que algún político, alguna vez, no prometiese nada, sino que pidiese la implicación de los ciudadanos en la tarea de conseguir una ciudad mejor.
 
Hasta que ese político aparezca, mi voto será en blanco. El voto en blanco no es un voto de indiferencia, sino de rebeldía ante la falta de credibilidad de unos partidos políticos que no se merecen la confianza de los ciudadanos. No quiere ello decir que detrás de un voto en blanco se encuentre una falta de ideales, sino precisamente todo lo contrario. El voto en blanco es un voto activo, ni resignado, ni conformista, que busca –sin encontrar, de momento– un lugar donde depositar la carga personal de ilusiones, ideas y expectativas. Estoy seguro que hay no pocos ciudadanos que tienen serias dudas a la hora de decidir el sentido de su voto, y que finalmente pesa más en su decisión el concepto tan manido de “voto útil” que este otro que podríamos llamar “voto de castigo o de reafirmación”.
 
Soy de los que creen que las redes sociales conseguirán, más pronto que tarde, aglutinar el descontento de los sectores más críticos de nuestra sociedad. Este descontento, canalizado por las vías adecuadas, producirá cambios en la forma de entender la democracia. Los demandantes tomarán el relevo a los oferentes, y los partidos políticos no tendrán más remedio que ajustar su funcionamiento a una nueva situación social. No es una predicción personal, sino una opinión compartida por gran número de personas en muchas partes del planeta. Lo ocurrido en Túnez y Egipto es un ejemplo (violento) de lo anterior.

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