CEP
Las elecciones locales están cerca y los políticos olfatean en busca de presas que tengan un buen reclamo electoral Luis Antonio Mariscal Rico.-Necesitan asegurarse cuatro años más de poltrona en el Ayuntamiento. A pocos meses de pedirnos de nuevo nuestra confianza, algunos ya han encontrado una pieza electoral que cobrarse entre la maleza de las urgencias sociales. Los políticos del CIS, iluminados por la providencia divina –a la que han debido hacer ojos ciegos durante casi cuatro años- han declarado, tras la oportuna visita y reportaje fotográfico, que de salir elegidos ampliarán las instalaciones del Centro Comarcal de Estimulación Precoz (CEP). Hay que recordar que hace pocos meses los políticos del PP, adelantándose a los demás partidos, visitaron dicho Centro anunciando idénticas intenciones de ampliación del CEP. Estos depredadores de votos sin escrúpulos pasaron por alto en sus declaraciones a la prensa que su partido, el PP, tuvo oportunidad de realizar dicha ampliación (los representantes del CEP lo solicitamos en tiempos del fallecido Juan Rodríguez) y sin embargo nada hizo. Faltan por visitar el CEP el resto de los partidos, pero ya irán apareciendo.
El CEP, regentado por Rafael Ibáñez, se está convirtiendo en un mercadillo de abalorios donde cualquier político con pretensiones entra y se hace la foto donde acuden niños con síndromes difíciles de pronunciar o parálisis cerebral. No entiendo como los padres permiten esta manipulación tan inmoral de ellos y de sus hijos. Pero es que además, unos y otros, están eludiendo el problema principal que tiene esta ciudad en temas de discapacidad infantil. Como se suele decir en estos casos, los árboles no dejan ver el bosque.
Yo tengo una niña de 9 años con parálisis cerebral. Pasó por el CEP en cuanto le detectaron su lesión. Hasta los 4 años su madre la llevaba allí 3 veces en semana para recibir la estimulación prescrita. Apenas media hora por sesión y algunas recomendaciones para que practicáramos con ella en casa, era todo el beneficio obtenido. No es poco si se tiene en cuenta que la sanidad pública no presta de forma extendida este tipo de servicio. Al menos fue una luz en aquellos momentos de desorientación por la que pasamos su madre y yo. Pero al cumplir los 4 años ya no tuvo derecho (subvención) a continuar aquel exiguo tratamiento.
A partir de esa edad, más o menos, es cuando los problemas de estos niños y niñas empiezan a angustiar severamente a sus padres; entonces es cuando te percatas de que no hay hoja de ruta para ellos; entonces asistes impotente al vacío que las administraciones públicas competentes le han hecho a tu hijo o hija. No hay tratamientos rehabilitadores para ellos (fisioterapia, logopedia, equinoterapia, hidroterapia, etc.) realizados por parte de la sanidad pública, tan necesarios para potenciar sus capacidades residuales y su autonomía futura, porque no se han promovido desde dichas instancias los estudios necesarios para determinar la idoneidad de unos frente a otros y su adaptación a cada caso particular; por lo tanto, los padres estamos abocados a conseguirles, con no poco sacrificio personal y económico, los tratamientos que el Estado les niega.
Debido a la ausencia de estos tratamientos en Sanlúcar, llevamos desde hace 6 años a Cádiz, 3 veces en semana, a la niña para que reciba una fisioterapia neurológica que le está evitando, hasta ahora, la cirugía; por otro lado, los colegios de Sanlúcar no están preparados para acoger adecuadamente a niños con afecciones motóricas severas. Hacen falta fisioterapeutas, logopedas, auxiliares y maestros especialmente formados para conducir a estos niños a través de una ruta difícil, como es el aprendizaje para aquellos que están prisioneros dentro de su propio cuerpo y observan su entorno como una realidad continuamente frustrante. Por ello, mi hija acude todos los días a un colegio especial para niños con parálisis cerebral en San Fernando. Recorre todos los días en su transporte más de 100 kilómetros. Para tener un mínimo de atención sanitaria y educativa, la niña debe pasar un buen número de horas semanales en la carretera.
Si se quiere contribuir a mejorar la atención a la discapacidad de los jóvenes de este pueblo, se debe pensar con mayor perspectiva que la que da situarse en los 5 años de un niño o de una niña con necesidades especiales. La respuesta debe ser global para que no sea un simple alivio pasajero para padres y niños afectados; es decir, abarcar todas las fases de la vida de un niño con discapacidad y no sólo la estimulación temprana, que representa un tratamiento inicial importante, pero insuficiente si no viene acompañado de tratamientos rehabilitadores adecuados más allá de los primeros años. Ese Centro debería servir para algo más, si no se quiere perder –una vez más en este pueblo- la oportunidad de prestar un servicio tan demandado por una parte de los ciudadanos de Sanlúcar.
