Tempalrios (II)
José Antonio Córdoba.-En el artículo anterior, dejaba constancia de la flota templaria en el Mediterráneo. Esta actividad en el Mare Nostrum, desvió en su momento la mirada del resto de navíos que la Orden del Temple tenía repartido por medio mundo.
Desde la antigüedad los europeos han mantenido rutas comerciales entre el norte y sur de Europa, incluso han navegando hasta el continente americano, quizás de los que primeros que se tenga constancia, sean de los vikingos. Cabe decir, que estos eran algo más que bárbaros, como se nos han empeñado en inculcar.
Se tiene constancia de que la noche del 12 al 13 de octubre de 1307, la flota que se encontraba amarrada en el puerto de La Rochelle, en la costa atlántica francesa, partió con rumbo ignorado. Resulta curioso que, en el Mediterráneo el puerto de Marsella era el bastión económico de la Orden, hacia Oriente. Un puerto comercialmente importante. Sin embargo La Rochelle, no pasaba de ser una pequeña villa, desde la que partían todas las rutas por suelo francés del temple.
De hecho incluso dentro del complejo y estudiado mapa de encomiendas, castillos y demás propiedades templarias, este insignificante puerto estaba bien protegido, para la relativa poca importancia de este puerto. Pues en una superficie a cubrir de 150 km en torno a La Rochelle, existían unas treinta y cinco encomiendas, más una casa provincial en la propia villa.
El número de navíos que desaparecieron se desconoce. Su destino también, aunque se teoriza con Sudamérica o Centroamérica, no habría que descartar la zona del báltico como posible lugar de destino. Pues hemos de recordar que la primera posesión entregada al Temple pertenecía a la provincia de Hungría.
Fuere cual fuere el destino de esta flota, bien se encargaron de no dejar rastro alguno.
Lo que nos vuelve a conducir, a esa teoría que nos revela que el Temple era conocedor de su final y que por lo tanto salvaron cuanto era de proceder para la orden.
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