Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-…se convierte en un referente tertuliano. ¿Cuando no hemos hablado de sexo entre copas y cigarrillos? Pero no es de ello de lo que hoy va ésta columna.
Vuelve a los medios la circunstancia sexual que rodeó el despido de nuestro amigo Vicente. Su orientación sexual, su homosexualidad, su…, su… ¡las puñeteras etiquetas!, de las que ya he hablado en otras ocasiones, y de las que hacemos un abuso en nuestro quehacer diario.
Mi personalidad -y mis escritos lo plasman- es radical en muchos aspectos, ¡bueno en todos!, pero si algo ha sobresalido de esa radicalidad es el defender el valor de la persona, simple, llana y sin etiquetas. Días pasados les contaba como la diferencia de cultura no nos hace distintos en el amor hacia nuestros hijos. Mis principios católicos quizás pudieran impedirme de hablar de la homosexualidad, ¡¡¡ohhhh!!!
Mis principios no se ven alterados por tener como amigos/as a personas cuya orientación sexual es distinta de la mía. Ni yo les impongo la mía, ni ellos hacen lo propio. El mundo es muy, muy grande, y el potencial de nuestra mente aún más, para perderlo en etiquetar y despreciar a personas que por su condición física, psíquica o sexual, viven de forma distinta a nosotros/as, seamos quienes seamos estos “nosotros/as” ¡Ojo!, no son diferentes a nosotros/as, más bien, nosotros somos diferentes a ellos/as.
Con el paso de los años, y sobre todo desde que tengo una hija, veo el mundo desde otra perspectiva, y lo peor de todo esto, es que tengo envidia sana de esa perspectiva, que perdemos según nos hacemos “adultos”.
El caso de Vicente, entre otros muchos, pero el suyo como docente, es lamentable. Es lamentable que en una clase, en el patio, en la puerta, -aquí donde madres y padres hacen corralitos- se machaque a este docente. Pues me consta que su orientación sexual, no ha sido un impedimento para enseñar a las niñas y niños, unos valores que de buen seguro en la mayoría de los hogares de esos niños ni se han molestado en trabajar. ¡Ojo!, que no es solo una recriminación a la comunidad educativa de este centro, que el problema es trasladable a otros muchos públicos y de una forma aún más penosa, bajo el silencio del: ¿Qué dirán?
El valor de la persona, es como el de una moneda, -mal ejemplo, lo sé, pero no tenía otro en la cartera- tiene el que tiene, no el que nosotros/as nos empeñemos en darle por mucha etiqueta que le pintemos. Un billete de 5 € será un billete de cinco, por muchos ceros que pintemos detrás del dígito. El valor añadido lo tendrá dependiendo del fin al que lo destinemos.
El valor de la persona, lo da sus actos.

