Cartas de una sombra
Ha nacido una estrella
José Antonio Córdoba-Las historias sobre el origen del ser humano sobrepasan en gran manera, muchas de las expectativas que un simple mortal pueda albergar en su mundana vida.
Pero para aquellos que diariamente nos hacemos planteamientos, muchos acertados otros simples zurrapillas de cafés mal acabados, vemos nuestra existencia como algo que jamás podremos llegar a entender, por el simple hecho de que nuestra mortal existencia es corta para ello.
Mortal existencia la de aquel niño que un día naciera para ser elevado a los altares de millones de corazones de este planeta, en el cual habitamos. Niño, como los centenares que en estos días de plenitud familiar recorren nuestras calles afanados en visitar los belenes y dioramas expuestos en lugares santos unos y, públicos los otros, pero todos con el mismo fin, divulgar el nacimiento del que un día será Rey de Reyes, del que dijo a los cuatro vientos “mi reino no es de este mundo”
Algo más de treinta años de vida pisando las arenas, levantándose con los primeros rayos del astro Rey, y acostándose mecido por la tenue luz de la Luna, han dejado una huella que perdura dos mil años después. Dos mil años después, nosotros, gente nueva pisamos la misma arena, nos levantamos con el mismo astro Rey y nos acostamos a la tenue luz de la misma luna, que pisara el que en pocos días habrá de nacer nuevamente. Pues así, como diariamente nacemos al día, igual nace Jesús para nosotros.
Estos días en los que el niño es el protagonista, las calles, los comercios, las casas, sus gentes se impregnan de un algo especial, ese algo mismo que siente uno ante un recién nacido, una paz, una plenitud, una alegría interior que habitualmente pasamos por alto, o es que yo soy muy…, ¡que también!
Yo vivo de ese algo especial que me transmite mi hija, que aún contando con ocho años, mantiene su espíritu lleno de alegría, de paz y plenitud. Ahora que hace la catequesis, he podido constatar la labor de las personas que intervienen en la misma. La catequesis de los niños, es la que debemos de aprender los padres de hoy. Deberíamos de vivir esa catequesis infantil durante nuestra vida. No pretendo aleccionar sobre dogmas religiosos que para ello, gente más preparada que yo las hay. Yo voy a esa necesidad de recuperar el espíritu de la infancia, de la inocencia, de la curiosidad. No quiero dejar pasar la ocasión de agradecer como cristiano la labor tan entrañable que realizan con los niños y sus padres, a esas personas que destinan su tiempo libre a impartir la catequesis. Pero especialmente a las catequistas y párroco de San Nicolás de Bari, cuya labor que es comparable al baile majestuoso de un tallo mecido por la brisa de un atardecer sanluqueño.
