Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-Los días navegando en esta embarcación han propiciado que la mujer, una joven de veinte y pocos años se resienta aún más de su avanzado estado de embarazo. El hombre algo mayor que la joven, tiene en la cara signos de preocupación y contrariedad. Preocupación por lo incomodo del viaje por mar y, contrariedad pues al contemplarla, ahora que están cerca de su destino ella lo mira con amor, pese a que su rostro denota un gran dolor, y los ojos de él le insinúan que ya le había avisado, pese a ello el amor que se profesan es superior a cualquier mal de este injusto mundo.
El matrimonio siente como la embarcación llega a su destino. Recogen todas sus pertenencias, apenas un paño con algo de tela blanca, que habrá de cubrir en su momento el desnudo su hijo aun no nato.
Unos troncos amarrados, de tamaños diversos y rugosidades varias, hacían a la mujer sentir que en algún momento podría dar con sus huesos en este mal improvisado suelo. Unos metros más tarde, ella se detiene, aún se siente sin fuerzas por lo ajetreado del viaje, mira a su esposo que camina un paso por detrás pendiente de ella. Él la alcanza y la rodea con sus brazos para ayudarla a soportar el peso de su cansado cuerpo. Ambos contemplan la imagen que se abre ante sus ojos. Un puñado de casas desperdigadas por la ribera, construidas con la misma técnica irregular del suelo que pisan, dan paso a un desnivel sobre el que se elevan unas murallas, tras ellas, una villa se apresura en su quehacer diario. El bullicio de gente no repara en este matrimonio extranjero que hoy ha desembarcado en sus playas.
La mujer apenas se mantiene en pie, los dolores pre parto se agudizan, su intervalo se acorta y un sudor frío le recorre el cuerpo. Mientras él la abraza como queriendo quitarle parte del peso que la oprime, se les acerca un acarreador con su mula, quien ha visto a la extraña pareja y reparado en la indisposición de la mujer, que según se aproxima entiende el porqué de la misma. Aunque la lengua les separa, el buen lugareño con gestos hábiles y claros les hace entender que usen su animal para que la mujer suba hasta la ciudad. Ya se encaminan los tres hacia las murallas de la villa, acceden por una cuesta, tan abarrotada de gentes y bestias que la situación se vuelve peligrosa para ella, por lo que él la baja de la bestia y se sientan a los pies de lo que parece unas caballerizas. Tan absortos estaban que no vieron aproximarse la noche. Habitaron esa noche Las Covachas, entre bestias y alumbrados por un candil, María, esposa de José dio a luz a Jesús, aquel que después dirían de Nazaret.

