¡Bárbaros, según quién¡
José Antonio Córdoba.-Durante las frías horas del amanecer, los músculos del cuerpo se me engarrotan. La edad ya hace mella en este cuerpo dónde las cicatrices se tienen que pedir la venia para poder asentarse en mi piel.
Es difícil habitar en esta orilla del Guadalquivir, cuando villas y puertos de las riberas del río y la mar océano son continuamente asediados y reducidos a cenizas por gentes bárbaras, que se las sabe provienen de las tierras del norte, en los límites del hielo infinito.
Sus embarcaciones son silenciosas, juraría que el oleaje se detiene al paso de estos navíos que parecen surgidos del mismo infierno. Estos malditos siembran el pánico nada mas verse la silueta de la proa o de la vela de sus barcos surgir al ocaso, o entre la neblina mañanera, no menos los son las gentes que de sus cubiertas brotan, tal cual lo hace la espuma de una buena cerveza de la jarra que la contiene.
Yo que años hace combatiera contra el infiel, a los que considerábamos inferiores en un principio, hoy daba mi soldadesca por volver al calor de mi amada Jerusalén, al calor de las piedras de sus murallas, a sus mujeres, que aún siendo soldado y santo, he de reconocer el buen hacer de las mujeres de Ultramar, y no de deseo carnal, digo. Recuerdo los cuidados que me dispensó una moza de brillante melena negra, de piel sombreada por los soles de aquellas tierras, cuando tras la batalla de los Cuernos de Hattin yo me daba por bendecido al poder acceder a la presencia de mi Señor, pero un buen día tras algunos de delirios por las fiebres de mis heridas, mis ojos abrieron al mundo de los vivos, pero heme allí que yo me tornaba en el cielo, en el paraíso, más pensaba que era cruel ironía del Dios, Señor de los mortales, pues me había llevado al paraíso de los sarracenos. Un ángel de larga cabellera tan oscura como el negro de la noche, ojos de la esmeralda su color, de piel tersa, suave y con una fragancia a jazmín, se desvivía en curar las mortales heridas a un infiel (como los árabes marcaban a los occidentales que llegábamos en oleadas bárbaras a sus tierras).
Ahora somos nosotros los que nos llamamos civilizados, quienes éramos invadidos por hordas bárbaras, donde nuestras tierras y casas son arrasadas, nuestras mujeres forzadas y en muchos casos llevadas como botín.
Hoy aquí siento el temor que invadía a aquellas gentes de Terrae Sanctae, hoy en mis compañeros de armas veo el temor y el odio que años atrás veíamos en los ojos de las gentes de la tierra donde naciera nuestro Señor Jesús.
Más pienso que igual aún no nos ha perdonado nuestro Señor Jesús, por las atrocidades que cometimos en su nombre allí donde el nació, creció y murió.