Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
Una acción, terrible reacción
José Antonio Córdoba.-Hoy permítanme que recupere la carta que un amigo, se la remitía a su desconocida hermana. «Querida Mari Luz: Cuando tuve noticias de tu existencia mi corazón no cabía en sí de júbilo, pero a la vez una gran pena se adueñó de mi alma. Después de casi doce años de buscar a mi familia natural, por fin conocía a mi madre, tíos, tías, primos y primas; además de algún que otro vecino que se acordaba de mi cuando yo era pequeño. Tuve constancia de tu existencia a través de una de nuestras tías quien me preguntó por ti. Claro está, que mi sorpresa no puede esconderla en mi redonda cara. Ante mi desconcierto, comenzaron a inundarme la cabeza con datos, fechas, nombres y demás argumentos que mi mente no era capaz de retener, no por falta de memoria, sino porque la misma se hallaba a doce años atrás, en mi pasado, en mi infancia, trataba de hurgar en lo más recóndito de mi mente intentando buscar el menor atisbo de tu recuerdo, pero fue en vano. ¡Qué le voy a hacer! solo tenía cinco años, cuando nos entregaron en una Casa Cuna. Unos dicen que para estudiar, otros para mejor criarnos, la verdad, es que nos vendieron como si fuésemos tres lechones.

Me gustaría hablarte sobre amor, felicidad, paz, pero no puedo hablarte de algo que no tengo. Añoro conocerte, añoro tu cariño, añoro tu paz, en fin, tanto te añoro que no pasa día sin que la tristeza invada mi vida, mis momentos, mi soledad. Soy barco sin rumbo, que busca desesperadamente la luz guía de tu faro marinero, pero la búsqueda es infructuosa. ¡Quizás lo más frustrante!, no es buscarte, sino saber que estás ahí en algún lugar y no verte, como dice el amigo Pepe “la Sombra lo ve todo, pero no te deja ver nada”. Te escribo, y quizás nuca te llegue esta carta. No te llegará porque de seguro, no te la volveré a enviar, pues no das tu brazo a torcer y no abres tu corazón a la verdad. No dejas que nuestros lazos de sangre se junten, somos tres, una trinidad, pero sin embargo tú no quieres unirte, no quieres admitir quien eres de dónde vienes  y  quizás a donde irás…»

De tu hermano J. A. Pérez Ramos.
Vuelvo a recuperar estas letras de mi amigo, pues el tema de los niños robados sigue siendo un tema de gran actualidad.
 
Pero me sigue doliendo ver con la ligereza mediática que se torna el asunto, mientras que personas como mi amigo J.A., se ha enfrentado a la realidad y ha sido aún más dolorosa que el saber de su adopción y la de sus hermanas. Mi amigo investigó y localizo a la pequeña, estuvo a escasos metros de ella, pero ni pudo verla ni hablarle. Ella así lo deseaba. Ella no conocía otra familia que la adoptiva y rechazó a los lazos de sangre. La única felicidad de mi amigo fue ver el rostro de su sobrina, una imagen que poco a poco se difumina, con el paso del tiempo de su mala memoria.
Mi amigo, odia los shows televisivos que se montar en torno a estas experiencias, pues sabe que su caso no es el único.
 
Durante los setenta se muchos de los robos de bebés se camuflaron bajo adopciones “legales”, por el poder adquisitivo de las familias que solicitaban dicha adopción. Mi amigo J.A. está firmemente convencido de que el trámite de la adopción de su dos hermanas y él, fue una compra de bebés robados con todas las de la ley de aquél momento.
 
En más de una ocasión él me ha contado la impotencia que sintió el día que lo dieron en adopción, a una familia a la que él no reconocía como la suya. Aunque mayor impotencia, cuando de adulto exponía su experiencia y le decía que un niño de cinco años no podía tener recuerdos de este tipo.
¡Qué daño se ha creado!, ¡qué daño han sentido esos niños! Imaginar, crecer en un ambiente de duda y rechazo. Duda, al preguntarse: ¿por qué no está con su madre?; ¿Qué ha hecho que no lo devuelven con su familia? Rechazo, al sentir que se está criando con gentes extrañas.
 

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