Cartas de una sombra
Sin embargo, lo que dejó perplejos a los caballeros era las proporciones de la fortaleza que se levantaba casi en el centro mismo del valle. Desde su posición de observadores se podía ver la majestuosidad de la construcción, que aunque, sin elementos decorativos florecientes, en su misma sobriedad era bella.
Los jinetes se pusieron en marcha descendiendo por el camino que en este lado de la montaña era menos agreste. Sin embargo, el cabalgar de sus monturas delataba su presencia en todo el valle, ya que el sonido del metal de las herraduras de sus caballos retumbaba cuando estas tocaban las piedras de la que estaba formado el piso, dando la impresión de que el número de jinetes casi se hiciera de miles.
Continuaron al paso, contemplando cada detalle del paraje que se abría entorno a ellos. El camino llevaba directamente a las puertas de la fortaleza. En nada, exageraban aquellos que decían que los habitantes del castillo deberían de ser gigantes, pues las murallas rivalizaban en altura con los picos de las montañas que bordeaban el valle, era como si sus constructores pretendieran ver desde lo alto de las atalayas el otro lado de las montañas. Pero si las murallas se erguían al cielo, no menos impresionante era su puerta, que de buen seguro necesitaría alguna hora que otra en abrir o cerrarse.
Los caballeros se dividieron en tres grupos, mientras uno permanecía con su jefe frente a la puerta, uno bordeó el castillo al este y el otro al oeste. Cuando ambos grupos regresaron a la puerta solo pudieron confirmar que los otros tres lienzos de la fortaleza eran tan lisos y sobrios como este, y que no había más puerta que la que estaban contemplando.
El jefe ordenó a uno de sus caballeros que escribiera una nota y la arrojara por encima de la muralla con una flecha, pero tras varios intentos desistieron, pues la flecha no alcanzaba sobrepasar la muralla.
Aprovecharon el descampado que había a uno de los lados del castillo y allí se asentaron, puesto que la noche ya había tomado el valle.

