Cartas de una sombra
¿Quién duda de que los senderos ─ahora que estamos caminando hacia la Pasión de nuestro Señor─ que Dios nos marca? Sabía Jesús de su fin, porque así lo reconoció he hizo suyo. Pero nosotros somos tan ignorantes que reconociendo nuestra senda, preferimos obviarla para hacer la del vecino.
Pues yo no sé si he reconocido mi senda, pero la he hecho mía. Y en este caminar, mis pasos se han ido entrecruzando continuamente con los de alguien. ¿Pero que puede pedirle un caminante a la Luna o a las estrellas? Solo su luz.
Al fin de cuentas son pequeños matices, visiones que no duran más que el resplandor de una estrella fugaz. Es ese espejismo que sufre el sediento, y cuanto más real, más difuso se vuelve.
Uno lleva mucho tiempo olvidándose, de dónde viene, de quien eres, en decremento de lo que los demás quieren ver. En definitiva, sacrificando tú propia cultura por la de otros, que lejos quedan, de tener la misma riqueza. En esta nueva andadura, dónde parado en el tiempo, miro de dónde vengo, quien soy y quien pueda llegar a ser, me he sentado en una piedra de mi camino a contemplar cuanto me rodea, no tengo prisas, el tiempo es algo efímero, pero esa estrella fugaz sigue apareciéndose en mis oscuras noches, iluminándolo todo a su paso.
Es bonito, pararte y sentarte a contemplar el mundo, la vida, las gentes, la naturaleza. ¿Hay vida más allá del puto dinero? Hay vida y casi siempre sacrificada por la hoja afilada de don Euro, y de sus secuaces, el consumismo.
Hoy que a uno solo le acompaña su orgullo, se siente rico, en este mundo donde muchas personas lo han sacrificado en pos de un pedazo de pan, de un plato de comida en la mesa, de poder tener luz, agua… Y me siento rico, porque mi orgullo, es el que me hace mantenerme aquí, con la pluma en la mano contando lo que muchos de los que leeréis esto no queréis ver, pues pensáis que son los desvaríos de un muerto de hambre, y no os equivocáis, pero pensar, que no tardaréis en que os vea pasar por delante de mí.
Pues en esta situación, cuando uno es relegado a lo que es, y ve como tener un café en las manos, es un lujo; un pan, un sueño; y un plato de comida, una esperanza vana. En este momento que uno alza la vista a Cristo, diciéndole: “nada tengo y nada te puedo ofrecer”, aparece esa estrella fugaz. Cuando uno creer estar en la mayor de las oscuridades, aparece con su resplandor, y continúa su camino.
Pero esto es la vida, una utopía. La de un mortal que quiere viajar a las estrellas; la de un caballero sin escudo; la de un vagabundo que sueña por una Dama; la de un viejo que mira a la vida, como si de un niño chico se tratase; la de alguien que hace años que su sombra le abandonó; la de alguien, que en su cartera solo lleva a sus hijos y su orgullo.





