Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
La casa maestra (II) (I)
José A. Córdoba.-Los hombres se acercaron hasta ella, formaron en frente, esta habría de albergar el legado del último Gran Maestre de la Orden del Temple, Jacques de Molay. Tras rezar por su alma, como por la del resto de hermanos fallecidos, uno de los hombres portando la espada del Maestre, de Molay, la incrustó -cual rosa plantara- sobre la oquedad que la mantendría clavada para la posteridad, como la Cruz de Nuestro Señor Jesús, quedó en el Monte del Calvario. Acto seguido, Rodrigo ayudado por otro de sus hombres, desliaron el manuscrito y lo depositaron en un atril de piedra bajo el manto blanco. Todos los hombres fueron por delante de cada hornacina y en plegaria recogidos fueron tocando levemente el manto de cada maestre y, con la misma, apagaron las velas y salieron de la bóveda. Rodrigo fue el último, allí en la soledad y frente a la riqueza allí expuesta, un frío le recorrió toda la espalda. Ese lugar juro vengar o morir en el empeño, a cada uno los habitantes de la poblado muertos a manos de los indios, entre ellos su amada Samanta, apagó la vela y se marchó.


Una vez reunidos nuevamente a orillas del río, salieron del cañón y buscaron las huellas de su presa. A las dos horas recuperaron el rastro y como almas que las lleva el diablo, avanzaban por la selva, por sus claros, valles y montañas.

Dos meses les costó a aquellos hombres alcanzar el poblado de los indios. Una noche cuando se disponían a prepararse para pasar la noche, el observador del grupo regresó a ellos diciéndoles que el poblado se encontraba a una hora. Dos hombres custodiaron las mulas mientras el resto, incluido Rodrigo, seguían al observador. La claridad delataba la presencia humana en la espesura de la selva. El recodo de un río ofrecía un claro entre la espesura y, allí justo estaba el asentamiento. Unas veinte cabañas, de las cuales dos eran de mayor dimensión que las restantes. Rodrigó ordenó vigilar la poblado, esa noche descansarían y a la noche siguiente demostrarían a esos salvajes su furia, esa noche no rezaron, decidieron dejar a Dios fuera de aquella batalla.

Al día siguiente consiguieron saber el número de guerreros a los que deberían de hacer frente. Como no podía ser de otra manera, su estrella como templarios era la de luchar siempre en clara desventaja, en esta ocasión tocaban a cinco por cabeza y entre ellos mismo reían, pues ya alguno le restaba cabezas a otro. Rodrigo, los llamó al orden, reunidos en el puesto de observación que tenían establecido junto a la poblado, comenzó a explicar como atacarían, en esto estaban cuando escucharon unos gritos y se asomaron, pudiendo ver como una mujer blanca era llevada a volandas por dos indios, la pasaban de una choza a otra, las dos más grandes de las que formaban el poblado. Rodrigo, no pudo creer lo que veía, ¡Samanta, estaba viva¡, quiso salir pero sus hombres lo retuvieron, pidiendo no echara todo a perder, pronto caería la noche y el poblado sería de ellos. Rodrigo se calmó y cambió el plan de ataque, ahora la prioridad era tomar las dos chozas grandes, poner a salvo a Samanta y comprobar si habría mas supervivientes, para terminar arrasando el poblado.

Muy a pesar suyo, Rodrigo tuvo que dejar aquella posición, volver al campamento y prepararse para el combate. De las mulas bajaron cada uno un fardo y lo desliaron, dentro cada uno llevaba un habito negro con la cruz roja que cogía todo el pecho. Rodrigo ordenó vistieran el hábito y con carbón de la hoguera oscurecer rostro y pelo, guardaron todo y se pusieron en marcha.

Entre las sombras de las selvas y amparados en la oscuridad de la noche, unas siluetas parecían volar en torno al poblado, poco a poco los centinelas indígenas fueron eliminados en el mayor de los silencios. De pronto alrededor del claro y tras las chozas, aparecieron fugaces haces de fuego que fueron impactando sobre el techo de las mismas. Al instante un fogonazo de arcabuz, sembró el pánico en la poblado, el ruido y el fuego invadió de confusión a los indios. Mientras los once hombres habían tomado a la par las dos chozas, eliminando con espada y daga, cuantos indios les salían al paso. Al fondo de las chozas encontraron los templarios jaulas, en la que había entrado Rodrigo, encontró a Samanta y varias mujeres. De un tajo desmotó la puerta y fue sacando una a una a las mujeres mientras sus hombres formaban escudo en torno a ellas, por último se acercó a Samanta y le tendió la mano, ella agazapada por toda la confusión y gritos no atinó a ver quien le tendía la mano, entonces Rodrigo se agachó delante de ella y la llamo por su nombre, un frío la recorrió entera, debía de ser locura, -¿Rodrigo allí?, imposible-, ante la actitud de Samanta, Rodrigo la abrazó y la incorporó, ese contacto, ese olor inconfundible,ella reaccionó y entre lágrimas se abrazó a él como si la vida le fuera en ello.

Comparte nuestro contenido