Cartas de una sombra
Los hombres aunque en alerta, marchaban relajados y entre bromas andaban, cuando al alcanzar el punto de observación, comprobaron atónitos, como dos grandes columnas de humo se afanaban por ascender al Reino de Dios. Todos comprendieron que el poblado había sido atacado y sin orden alguna todos aceleraron el paso, tal que el día de jornada que normalmente desde allí se tardaba en llegar a sus casas, aquél día lo hicieron en media jornada. Rodrigo y sus hombres, no pudieron por menos que sentir como un frío mortal les recorría sus curtidos cuerpos ante tal imagen.
-Rodrigo, y sus hombres, sí, sus hombres. Nadie ni tan siquiera Arnaldo, llegó a saber que los hombres que acompañaron a su amigo Rodrigo, no fueron elegidos al azar, pues pese a su distraído aspecto todos eran templarios-.
A la entrada del poblado amarraron las mulas, y de los bultos que estas cargaban los hombres sacaron espadas, rodelas, cascos y corazas, se calzaron sus armaduras y se dieron en batir el pueblo en busca de supervivientes, empresa esta que resultó infructuosa, pero lo más terrible para estos hombres curtidos en batallas, fue encontrar en la pequeña capilla -única estructura de piedra- los cuerpos calcinados de mujeres y niños. Ninguno de los que allí estaba, abrieron boca alguna, a excepción de Rodrigo, el resto se dispusieron para enterrar a sus muertos, sirvientes, amigos, mujeres y niños. Mientras daban santa sepultura a los cuerpos, un de los hombres se acercaba a Rodrigo con una lanza en la mano y enseñándosela le comentó:”han sido los indios y tengo su rastro”, Rodrigo asintió y todos los hombres rezaron por las almas de sus seres.
Rodrigo llamó a reunión, todos en torno a su oficial escucharon como este ordenaba que pese al dolor que sufrían, tenían una misión y estaba por encima de toda discusión, una vez concluida darían caza a los indios como si perros de presa fueran, todos en silencio agacharon la cabeza en señal de conformidad.

