Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-En la hospedería no se escuchaba jaleo alguno, así que salió al exterior, con ese primer paso en la calle escudriño cada rincón, ventana, puerta y sombra de la calle. Pero nuevamente, no había rastro de ella.
Muchos días en puerto, y aún lejos de la mano de la Corona no era garantía de seguridad, en estos pensamientos estaba cuando le llego el aroma agradable del pan recién horneado acompañado del olor de la leña que lo calienta. Como un buen perro de caza sigue el rastro, el buen olfato seguía el aroma agradable del horno de leña conduciéndolo hasta una pequeña fachada junto a la muralla del norte, la del rio, no lejos de la hospedería. Una desvencijada puerta en una oquedad entre unas casas de dos plantas, y una pequeña tabla colgada de uno de los balcones indicaba la presencia de la panadería. Él se aproximó y entreabriendo la destartalada puerta introdujo la cabeza, una hojeada rápida desde la puerta le indicó las dimensiones engañosas de la fachada del horno.
De pronto, sentía como algo o alguien desde atrás le daba tirones de la ropa, al girarse y tras unos segundos en los que sus ojos claros se volvieron a acostumbrar a la luminosidad del día, se encontró con un niño, que le ofrecía hogazas de pan para que le comprara alguna. Dejó caer una moneda sobre una pequeña estela de esparto trenzado que hace las veces de mesa, silla y caja de monedas. Mientras se aleja sobre sus pasos, se vuelve y pregunta al desarrapado vendedor, si en esa panadería trabaja una joven moza, pero antes de continuar, el niño dice con cierta sorna “Tantas como desee el panadero y su mujer le deje”, tras lo cual soltó unas carcajadas. Con mala cara él se vuelve y nuevamente continua su camino, quería conocer las calles y barrios de la villa.
Estuvo andando buena parte de la mañana, y cuando el sol apretaba, buscaba lugar donde refrescar las entrañas. Con su roído sombrero de ala ancha continuaba caminando y de buen seguro si se hubiese cruzado con travesaño de madera a su altura, la cabeza habría dado con él. Su paso tranquilo, si no fuera por su joven edad, se apreciaría desde lejos que de un anciano eran los andares.
A los pies de una de las torres de la fortaleza, una tasca aprovechaba la elevada sombra para invitar al caminante a parar y degustar un buen vino de la zona, tan frío como la nieves de las montañas, o eso decía él tabernero. Según escuchó a unos tertulianos, estaba sentado un costado de la torre de la Iglesia Mayor. Los mismos hablaban de la llegada y salida de las naos que llegaban o iban a las Indias. Sin embargo, estos hombres de la villa estaban ciertamente inquietos…

