Cartas de una sombra
26 de agosto (I) José Antonio Córdoba.-Cuantas historias de amor que no se habrán protagonizado en nuestras playas de mar ribereñas. Hoy traigo una que bien pudo suceder allá en los albores de la Circunnavegación o en la actualidad.
Esta historia nace sin principio, en las playas de Sanlúcar, famosas en la época por el trasiego de armas, mercancías y personas, había trascendido los rincones del reino de Castilla. A estas costas llegaban hombres de todas las condiciones para embarcar hacia lo que es destino les quisiera deparar, como así venía sucediendo.
Una figura, a medio vestir, o de prendas ligeras se movía entre el gentío de la villa de Sanlúcar, donde su actitud cabizbaja pasaba desapercibida para con los que se lo cruzaban, excepto para las damas de la calle, de enaguas tan ligeras como la vestimenta de nuestro hombre. Él, no es nadie, nada esconde y de nada huye, bueno quizás de él mismo y de su suerte que no es poco.
Visita tabernas y algunos antros donde poder tomar referencias para embarcar en alguno de los galeones que se daban cita frente a las costas de la villa, casi saturando las aguas del rio. A la salida de una de las tabernas citas en la parte alta de la villa, nuestro cabizbajo hombre se tropieza con alguien, debido a su rudo porte el arrollado fue desplazado varios metros y rodado por el suelo. Sin inmutarse, continuaba sus pasos cuando una voz le increpó de la forma que detuvo sus pasos. De espaldas hacia dónde venían los gritos, buscaba entre el fardo de ropa que llevaba al hombro, al sentir el pomo de su espada, dio unos pasos que le permitían a la vez de girar, reconocer su entorno. Pero ante su sorpresa, se abalanzaba sobre él una figura que en las manos portaba por arma unas hogazas de pan, sin tiempo a reaccionar, ella se le había echado encima. Soldado, él que había estado a sus cuarenta lagos años en tantas confrontaciones, se vía sorprendido, su guardia había sido rebasada por una mujer con pan en las manos. Es más, con una mano sosteniendo el fardo de ropa y la otra sosteniendo la espada medio desenvainada, se vio en una situación comprometida, más por ver que a su alrededor todo seguía su marcha, como si no estuvieran allí a la vez que el resto de las gentes. En su posición y ante la embestida de la mujer, que aún de porte más bajo que el suyo, le obligo a desplazar una pierna hacia atrás para no ir a parar al suelo, que de buen seguro ambos acabarían sobre el excremento de algún animal o las aguas sucias.
En el movimiento de deshacerse de su especial contendiente, dejó ver el brillo de su espada, y aunque fue un segundo, ella lo percibió…
