Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
Playas de mar ribereñas
José Antonio Córdoba.-Sentado en la actual calle de la Amargura, siento el caminar y la algarabía del transitar humano en un sentido u otro de esta calle. Rincones tiene mi villa, y desde esta calle contemplo uno que, a mi parecer particular, es espléndido.
De espaldas a la calle Ancha miramos al frente alzando levemente la vista podemos contemplar entre ramas, rótulos y sombrillas, la parte alta de la calle Bretones. Allí donde las Covachas sostienen el señorío de los Guzmanes.
Con un pincel mágico borramos todo cuanto es de añadido moderno sobre ese lienzo que fuera defensivo de la villa. Cuanto escombro añadido por los años de “evolución” cubren las huellas de aquellos maravillosos años de esplendor.
Viajar en el tiempo a aquella época de grandes navegantes y aventureros, se convierte en pasión tras escuchar de boca de Paco Pacheco, la exposición de aquella Gran Sanlúcar. De aquella villa de mar ribereña, que durante siglos puso principio y fin a los logros de muchos aventureros y hombres de gran valía.


Según escribo miro de reojo mi entorno, si eliminamos este fondo modernista que me rodea, de comercios, más cerrados que abiertos, obstáculos físicos y visuales, dejando a las gentes que por aquí deambulan sin el móvil, bien podríamos estar en la Sanlúcar de 1500.
Mi romanticismo, me traiciona, pues  me hace ver belleza donde otros solo ven desconchados, hierros oxidados y matojos. Donde otros solo ven la oportunidad de negocio para beneficio propio olvidándose del prójimo y en el mejor de los casos, explotándolos con promesas tan banales que en sus propias palabras sientes la mentira. Pero yo sigo fiel a mi romanticismo empedernido. A mis piedras, rejas de óxido carcomidas y matojos frondosos. ¿O no han sido los matojos frondosos de las selvas las que han guardado durante siglos los vestigios de las grandes civilizaciones desaparecidas a lo largo y ancho del planeta?
Sigo diciendo en mi gran ignorancia que nos faltan imaginación y visión temporal para entender los hechos que se fraguaron desde nuestras playas de mar ribereña. Yo, que ya he mencionado que soy un romántico sin solución, muero imaginando esta desembocadura del Guadalquivir repleta de grandes navíos, de tamaños varios, calados en espera de salir a la mar Océana.
Si la réplica de la Nao Victoria es una atracción en sí, imaginar el gran número de estas en el horizonte del oeste.
Mi mesa unas tablas mal trabadas, mi asiento un barril, mi café un vino fiel de la villa. Entre sombras y gentío escribo estas letras esperando al amor que algún día debería de arribar a esta villa, aunque siento que en cada marear se marcha un pedazo de mí. Entre levantes y ponientes se muere mi corazón pacientemente. Algún día me desvaneceré llevado por un levante, tal cual nube de ligero polvillo.
 
 

Comparte nuestro contenido