Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-El mundo es pequeño, o así pensaba yo. Un niño de aldea, donde su mundo giraba en torno a una pequeña casa de techo de cañizo, con pequeños animales de granja, junto a un arroyo. Ese era mi mundo, ni pequeño, ni grande, era lo que conocía, no había más de lo que mis ojos de seis años alcanzaban a ver y comprender.
Los días los pasaba entre las faldas de mi tía, regañinas de mi abuela y el amor distraído de mi madre. Después con los chiquillos de alrededor corríamos hacia el barranco, asomándonos al murete de piedra y porfiando de lo que abría allá a lo lejos, donde nuestra vista no alcanzaba.
O esperaba a ese hombre rudo de gran sombrero de paja, que subido en su carro tirado por una bestia, pasaba casi todos los días por la “puerta” de casa y con gesto agradable me subía y sentaba junto a él para ir a los campos a recoger la cosecha. Hombres y mujeres, todos vecinos trabajaban afanados en las labores del campo, y yo, gamberreaba por los alrededores.
Días felices, truncados por la ambición humana y los entresijos familiares, pasaron a mejor vida. La libertad del campo pasó a ser el sueño añorado de un niño de seis años, encerrado entre los muros grises de un orfanato.
Un día me entregaron casi por mensajería a una nueva familia. ¡Qué insignificante mi mundo! Casi desde aquél momento entendí que había algo más de lo que mis ojos infantiles alcanzaban a ver. Y de ver, voy cuando recién adoptado me llevan a ver “Encuentros en la III Fase”. ¡Joder, dónde había estado yo viviendo aquellos siete años! Desde entonces, miraba más para el cielo que para el suelo.
Poco tiempo después me montaron en un avión, imaginaros la sensación y los “huevecillos de corbata” cuando por la ventanilla vi elevarse aquel amasijo de hierro, y como las cosas se iban haciendo más, más y más pequeñas, entre el blanco de las nubes y el celeste del cielo, me sentía como los seres de la nave espacial de aquella peli.
Mucho ha llovido desde aquel primer encuentro con el MUNDO, su excelencias y pequeñeces. Muchos soles y lunas he visto aparecer y ocultarse, desde que abandonara mi Tenerife natal. Muchas ciudades vividas y visitadas. Pero mi alma quedó allí, en un rincón del agreste monte de los dioses, principio y fin de la vida. Nací en la falda norte del Teide, en pleno corazón de la isla de Tenerife. Isla de grandes guerreros; paso de grandes navegantes; recreo de civilizaciones extraterrestres; cuna de la magia y del ser de la humanidad. Vestigio ¿Quién sabe?, del mítico continente desaparecido de Platón. Y posiblemente la enigmática flota del Temple mudara sus telas por estos lares, partiendo en rumbo desconocido.

