Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-He viajado poco en esas destartaladas embarcaciones que diariamente se hacen a la mar por la angosta bocana de este improvisado puerto. Así se ríen hasta caerse del palo mayor los puñeteros genoveses, cuando pasan ante nuestra innombrable boca, y contemplan lo que en ella se esconde. Atestadas y apestosas embarcaciones de tres remos a la sumo y la que tenga hombres para ellos.
Así gruñen esas rapaces marineras que lo único de valor en un puerto de tal guisa es el pendón, que por limpio y entero, mas de tela parece ser del mejor oro del moro.
Bien es cierto que alguna vez para pasar desapercibido al sarraceno, la hemos tenido que arriar. Pero no falta razón a los comentarios jactanciosos de esos truhanes.
Dentro de esta endeble empalizada una veintena de hombres del temple damos protección física a este baluarte. Su aspecto de cala rocosa y con el solo acceso desde el mar ha permitido tenerlos alejados del pirateo incesante de otros puertos, creo que causamos el mismo desparpajo a los nuestros que a los otros. Pero el aparejo de madera que improvisa esta empalizada, oculta el secreto de nuestro reluciente pendón. Curiosamente, la bajamar deja al descubierto un paso lo suficientemente amplio y alto como para que los hombres pasen con sus caballerizas. En el interior del paso se abre una inmensa cueva, que el agua no llena jamás y además favorece espléndidamente el paso hacia la superficie, por lo que el contacto con tierra firme es continuo y seguro.
El riesgo es alto pues comprobamos en estas fechas como restos de barcos y gentes son arrastrados por las fuerte corrientes que aproximándose a la costa descansan es este rincón.
Las noches que han precedido de una buena baja marea siluetas inmensas y moviéndose con el sigilo de la brisa se aproximan a nuestro entorno, al colocarse de costado, dos o tres de sus cañones nos borrarían de la faz de la tierra. Pero las voces son amigas, vienen en una arriesgada misión a recoger vivieres y al relevo de nuestra de la guarnición.
Hoy el ritmo de las faenas de avituallamiento cambian, como lo hace un viento inesperado. Del torreón de la tercera galera, se baja un séquito de quince hombres, perfectamente pertrechados para el combate, descendían a tierra como si el combate les esperara al final de la pasarela. No era para menos, al elevar la vista a la cubierta del navío, un cuerpo femenino envuelto en seda, acariciado por la brisa marinera y bañada por la luna plateada, descendía por la pasarela, que a ojo ya de viejo militar sus pasos la guiaban más el tiritar del frío que la prisa por tocar tierra. Pese a que mi vida fuera en ello, me arranqué el pellejo de oveja, nada bien oliente, y lo deposité en los hombros de la damisela. Mi mirada dejó bien claro que podía suceder si alguno se interponía. Ella consciente más del olor, que del detalle de galantería, continúo dentro del séquito militar, pero aferrada a mi pellón.
La flota aprovecho el levantamiento de la bruma para distanciarse de aquel punto y así mantenernos a salvo. Aunque juraría, que hoy nuestra seguridad sería efímero recuerdo, sobre el cortejo que nos acompañaba y que en

