Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
Nuestra sutil vida
José Antonio Córdoba.-Son lentas las horas que preceden a la llegada de la Dama sombría. Entre los claros oscuros que ofrece este extraño atardecer, las sombras parecen jugar con nosotros, hombres cansados, sin apenas un centímetro de piel sin herida alguna. Ellas sutiles figuras que corretean entre los edificios convertidos en imanes de las maquinas de guerras del enemigo, reciben más piedras de las que fueran necesarias para su construcción y de las que son capaces de soportar.
Sutiles siluetas asoman tímidas por lo que parecen en un tiempo mejor fueran ventanas o balconadas, hoy grotescas aberturas deformes. Gentes insensatas, pero celosas de su hogar, se resisten a abandonar sus pequeños feudos, sabedoras de que la Reina de la Muerte ríe a placer por doquier.

Apenas somos suficientes para avanzar entre esta maraña de ruinas, cuerpos muertos y mutilados, bajo una lluvia incesante de flechas, piedras y fuego griego.

Cuantas voces critican que nos batamos en guerras, aquellas mismas voces que hoy no quieren renegar de sus estatus. Por eso, nos convierten en meros corderos que sacrificar a voluntad.       
Pero alzo al vista, miro a mi izquierda allí está, vuelvo la cabeza y allí esta. A mi lado combaten hombres que de signo distintos nos une el amor a una bandera, a un  estandarte, nos une el honor y el respeto. Son estas las virtudes de los hombres que vivimos en esa línea entre la vida y la muerte. Día a día nos sentamos con ella, manteniendo un duro pero a la vez placentero pulso por la vida.
Nosotros que vivimos en la tierra de nadie, vivimos un morir, para que otros vivan sin conocer de nuestro sufrir. Amamos a la muerte como a nuestra misma madre, pero a diferencia de esta, a la primera la repudiamos todo lo que nos es permitido.
Sentir la marcha de una madre es lo más doloroso, que incluso los curtidos en mil batallas podamos soportar, daríamos nuestra vida, sin tenerla para que ella, no se fuera. Pero también pienso, que quien soy yo para discutir los designios divinos.
A mi hermano Antonio, jerezano de entrañable adopción.
 

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