Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
San Juan de Acre ( II ) 
José Antonio Córdoba.-Las enseñas sarracenas inundan todo el territorio alrededor de la ciudad y hasta donde alcanza la vista. Esta imagen se asemeja a un capo de trigo, salvo por lo dispar de sus coloridos.
A medio día tocar puerto los vigías nos avisan, sobre las aguas, restos de embarcaciones, casi todos con síntomas de haber padecido un gran incendio, se muestran a la popa de nuestras naves. Por las formas, se aprecian de origen oriental, lo que nos hace pensar que han sido objeto de posibles sabotajes, pues según nos indican en las inmediaciones no se encuentran ninguna flota cristiana.


Todo nos hace pensar que los sitiados, aprovechan la oscuridad de la noche, para abandonar la seguridad de las murallas y en pequeños botes, se acercan a las naves sarracenas de las inmediaciones y con la agilidad de las liebres suben a bordo, reducen a los centinelas y tras bloquear las trampillas prenden fuego a la cubierta, con el mismo sigilo abandonan la nave, y mientras se dirigen a puerto dejan tras de sí una gran antorcha que ilumina durante largas horas las inmediaciones del puerto.
Pese a lo que esperábamos no encontramos resistencia alguna para arribar al puerto amurallado de Acre. Una a una las embarcaciones amarran descargan soldados, armas y alimentos, después la población cristiana es embarcada a bordo. Cuando nos bajamos, tenemos la escalofriante certeza de que una vez partan los navíos no volverán ni estos, ni otros para recoger nuestras almas.
 
Conforme avanzamos por las calles de este recinto amurallado, se va haciendo patente las huellas del choque entre las culturas de oriente y occidente. Casas reducidas a montones de piedras; incendios a medio apagar; cadáveres apilados para ser quemados; soldados en cuyos rostros se puede contemplar más la muerte que la vida.
 
La noche se ha cernido sobre nuestras cabezas. Tras un corto descanso, el recién llegado contingente de soldados hemos sido movilizados para defender la muralla más castiga de la ciudad, este lienzo antaño fuerte y robusto, ahora parece una rama a punto de romperse. A unos cientos de metros, las hogueras de los sarracenos empiezan a cobrar vida, como si de un movimiento especialmente estudiado, los destellos luminosos majestuosos van iluminando la llanura que se abre ante nosotros.
 
Mientras escribo estas letras los tambores sarracenos empiezan a estremecer las entrañas de la tierra. Cientos de antorchas al unísono se encienden en el horizonte, casi me atrevería a decir, que incluso más allá. Pocas letras podré escribir más, se nos llama para parapetarnos con los escudos, pues tras el tronar de los tambores llegará el canto del cielo, aún más aterrador que los tambores, son el silbar de las flechas al acercarse buscando un cuerpo o un lugar donde penetrar…
 
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