Cartas de una sombra
Tú no eres capaz… José Antonio Córdoba.-Hoy tratando de escribir algunas letras para esta columna, no se me ha ocurrido otra cosa que acercarme a un bar de La Calzada, para revivir esos aires de aquellas tabernas de antaño, donde se reunían los convecinos a platicar sobre los más diversos temas, problemas de lindes; la política del Sr. Alcalde; como el Sr. Cura nos iba a engatusar el domingo; o las ocurrencias filosóficas que nos traía el Sr. Maestro –pues aunque lleva años en el pueblo, su tiempo de estudios en la gran ciudad lo habían cambiado-;¿qué decir? del Sr. Boticario a quien su edad ya no le dejaba tiempo para las tonterías de sus contertulios. ¡También para que mis hijos jueguen un rato en la plazoleta!
Hoy, aquí, no hay boticarios; la figura del maestro está dinamitada por él estado; el Sr. Cura anda en otras lides; el Sr. Alcalde ya no escucha a sus convecinos; pero el tabernero sigue lidiando tras la barra, con su tradicional paño de cocina al cinto o sobre el hombro.
Los taberneros también se han modernizado con el tiempo. Hoy son empresarios de la tapa y la cervecita “fresquita” entre aceitunas y altramuces.
Hoy acompañado de un café, escribo en La Fresquita. Sentado en una mesa junto al cristal, escuchando el ir y venir del personal tras la barra, todo ajetreado. La voz del tabernero me recuerda a la de mi sargento del la Legión, quien entre orden y orden no dejaba pasar ni el vuelo de una mosca. Pobre del nuevo que al acabar el día, no tendrá dolorido el cuerpo como tanto el oído.
En la cocina, se encuentra el “Niño de San Cayetano”. Personaje de buena casta, y es él, quién me lanza el desafío a redactar estas letras. De sus manos salen excelentes tapas. Pero es su salero es lo que nos preocupa a quienes le conocemos. Al preguntar al tabernero por el “Niño de San Cayetano”, tras un muy, muy, muy largo silencio, termina por romper en un resoplido, no sabiendo un servidor si le faltan palabras para alagarlo, o jogarlo, en un cubo de cerveza.
