DEL LADO DE ACÁ
La columna de GALLARDOSKI
Yo no sé si la dignidad de los pueblos no es otra cosa que la obstinación de su clase dirigente. Tampoco sé si la- así llamada- clase dirigente se merece esas prerrogativas y decidir sobre el destino de los suyos, de sus ciudadanos. La utopía de preguntarlo todo, en todo momento, ciertamente paraliza. Desde un país a una empresa, pasando por una reunión de poetas o de excursionistas a la sierra.
Hay que tomar decisiones en esta vida y, acertando o errando, alguien debe tomarlas, así que una democracia total y participativa hasta el paroxismo es eso que hemos dicho antes; pura utopía que conduce a la parálisis.
Pero, dicho esto, sentía, siente todavía, uno- siquiera por exotismo y melancolía izquierdista- una sincera admiración por la resistencia y la pelea del pueblo cubano.
Ya digo que no sé si es de verdad, si no se trata de una impresión que, desde lejos, resulta muy fácil defender y, realmente, estaba y está el pueblo cubano hasta sus cubanos huevos de su pretendido heroísmo y no quería, o quiere, otra cosa que, como decía la copla; un carro, una casa y un buen trabajo. Lo que todos, vamos, una vida digna.
La gran pregunta es si se puede, si es posible alcanzar una doméstica felicidad renunciando a ser quien es uno, a sus principios morales, a su manera de mirar al mundo.
Con Cuba, es común la estrategia defensora de la comparación. Se buscan sociedades de parecidas características y se ponen en el tablero para ver quién es más pobre y quién lo pasa más malamente. Triste olimpiada de la precariedad que impone todavía más menesterosas medallas, a las que solamente salvan la integridad y el compromiso.
Cuba, atenazada por el bloqueo y por la garra imperialista, está, así y todo, por encima en Índices de desarrollo humano de muchos países del entorno latinoamericano y en algunos aspectos, por encima de su némesis gringa.
Esta evidencia, rubricada por prestigiosos institutos de estudios geoestratégicos del mundo occidental, nada sospechosos de simpatía hacia el sistema cubano, nos lleva a cuestionarnos: ¿Qué hubiese podido ser esta isla sin la injerencia política y económica de su voraz vecino del norte?
Pero también a darnos cuenta de que no, de que no ha podido ser.
Las imágenes que nos muestran empiezan a ser desoladoras, calles que se caen de pura fatiga de los elementos, bellos edificios con más pringue que el palo un churrero, banderas con la efigie del Ché mugrientas y tiesas que apenas ondean ya por el cansancio, enfermedades tropicales que se habían erradicado y vuelven a campear a sus anchas por los malecones; el dengue y el virus de Oropuche, que parecieran por sus nombres, cosa de brujería vudú y que vuelven a representar una amenaza de salud pública.
Y la necesidad, el racionamiento. La desesperanza.
En los años noventa, los voceros del capitalismo mundial se encargaron de enmascarar de manera infame la realidad del bloqueo económico impuesto por los EEUU al pueblo cubano. Digo al pueblo cubano, porque los bloqueos son siempre a los pueblos. Los jefazos y caimanes del poder no tienen por costumbre padecerlos.
Decían, los Vargas Llosa y los Sánchez Dragós de turno, que era mentira, que era un bloqueo de chichinabo y que el fracaso era de la revolución, del proyecto revolucionario. Pero sabemos y sabíamos que no, que el bloqueo era duro, impío, estricto y cruel. Lo que tuviese de culpa en los desastres la propia revolución, no podemos ponderarlo con justicia sin la siniestra sombra del bloqueo.
Eran tiempos en los que se mentía con jeta de cemento armado desde las tribunas del poder. Acordémonos: Irak y las armas de destrucción masiva, la defensa del mundo libre, la lucha contra el terrorismo islámico, ya saben; esa matraca para justificar bombardeos y negocios.
Si tenemos que agradecerle algo- es un decir- al neo fascista pelirrojo que en la actualidad ocupa la presidencia de los EEUU, es que no se anda con chiquitas en el relato. A Venezuela vamos por el petróleo, y lo de las libertades y la democracia lo vamos a ir dejando para los líricos y los opinadores de tertulias, enjuagadores y blanqueadores profesionales del trabajo sucio.
¿Ha sentenciado Trump a la revolución cubana apretando el recio lazo del bloqueo asfixiante?
¿Caerá exhausta, rendida de oscuridad y de hambre la dignidad de La Habana?
¿Son así, de esta manera simulada y cruel, los asedios de este siglo?
Uno observa la sumisión del mundo a este emperador enloquecido y ridículo y se le caen a uno los pocos palos que le van quedando al sombrajo. Y vemos:
-Pruritos de cierto decoro solidario en Méjico lindo, que a proveer de petróleo a la nación hermana no se atreve, pero que reparte una miaja de caridad “ tzeltal/católica” en forma de ayuda humanitaria.
-Terror a la invasión y la deportación a una cárcel yanki de la dirigencia venezolana, controlada desde el Pentágono.
– Lavada de manos de China que está en lo suyo y de la Rusia de Putin que mira de reojo a la arrogancia de Europa occidental, como diciéndole; tú, ten cuidado, hermoso jardín…
Nos vamos a acostumbrando al espanto cotidiano, nos hemos acostumbrado a que nos repartan en grageas informativas estadísticas de muertos y cuando pasan de cien, ya apenas dominamos las magnitudes del horror.
¿Miles? ¿Cientos de miles de hombres, mujeres y niños asesinados en Gaza? ¿no sería mejor el complejo turístico/inmobiliario que el fuego, el ametrallamiento y la muerte?
Y con esas retóricas que evaden cualquier atisbo de derecho internacional, de autodeterminación de los pueblos y de independencia, vamos tirando hacia no se sabe todavía bien qué futuro geopolítico mundial.
¿Qué antojo tiene Donald Trump en Cuba? ¿Otro resort para anglosajones y arios con la panza al sol del Caribe y caribeñas y caribeños jóvenes a su servicio? ¿El viejo garito que fue hasta final de los años cincuenta del siglo pasado?
¿Es mejor arrodillarse que ir muriéndose de pie, tambaleante, escuálido como un zombi?
Yo no tengo respuestas y en las que amago siempre sale un muerto, un héroe. Y eso vale para las novelas, pero como es evidencia, no vale la muerte para la vida.
Vencer es convencer. Cualquier otra victoria no es más que ocupación, invasión. Y quizá, en palabras de Shakespeare por boca de Julio Cesar, sea verdad que el valiente muere una vez y el cobarde muere todos los días.
Cuánta muerte, cuánto héroe y cuánto villano. ¡Qué pesadilla!




