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Comportamiento y otras aves

02 octubre 2012
Así razona  el estado para con sus ciudadanos, añaden quizá “terroristas” o “antisistema”
Gallardoski.-Una vez traté de liberar a un pájaro de su jaula. Abrí la puertecilla mientras el canario se posaba en una de las perchas que le habían colocado para que pensara (si es que piensan los canarios) que lo hacía sobre una rama. Yo creía que en cuanto diese la oportunidad de la huída al pajarillo, saldría escopetado hacia la libertad. Fantaseé con la idea de que daría dos o tres vueltas por la alcoba, unas piruetas como de agradecimiento hacia su libertador y emprendería el vuelo por la ventana a la búsqueda de la arcadia para adornar con su canto la dulce melodía del flautín del pastor. El canario se quedó tan tranquilo, bueno cantó un poco pero como por compromiso. Ni se acercó a la puerta abierta.


No se habrá dado cuenta o pensará que es una trampa de algún humano hijo de puta, pensé. Metí la mano en la jaula para sacar al bicho de su cautiverio y este se revolvió, como el reo que se rebela antes de subir al patíbulo, por fin pude sacarlo y le dije como Francisco de Asís; levántate y vuela,  hermano canario. Lo bonito hubiera sido que el canario asumiera las exigencias del guión, que como dije antes, me dedicara tres o cuatro cabriolas, que se echara su mejor cante y que majestuoso en su fragilidad de pajarito, tomara el camino de la ventana abierta rumbo a la aventura, a la libertad y a la vida.

 
El canario dijo que me metiera el cuento de Walt Disney y las fábulas de Samaniego por donde me cupiera. Aleteó como un murciélago asqueroso y cegato por la habitación, piaba histéricamente como diciendo qué me ha hecho este gilipollas, dónde está mi confortable casita de alambre, con mis perchas, mi comedero y mi bebedero, con la bandeja donde me  cago impunemente sabiendo que vendrá alguien a extraer los excrementos y a dejármela impoluta y todo a cambio de unos cuantos trinos que nada me cuestan porque en cuanto veo la luz me pongo flamenco.
 
Al final el bicho, porque ya para mí era un puto bicho y no un poético pájaro amarillo, se buscó las formas para meterse otra vez en la jaula. Si hubiese podido se habría colocado unas pantuflas de tela a cuadros y una bata y me habría dado la espalda para siempre. Comprendí que la burguesía tenía un miedo acomodaticio a la libertad y prefería un horizonte pequeño y hasta miserable, que los riesgos que traían aparejados la emancipación y la lucha. Comprendí también que no había nacido uno para carcelero. Ni para fugarse nos harían caso los cautivos.
 
En la casa de mis tíos criaban a un pavo durante unos meses, lo ponían bien gordo y cuando más convencido estaba el pavo de que vivía en el estado del bienestar, le rebanaban el cuello con un cuchillo de cocina y nos lo zampábamos toda la familia entre brindis, villancicos y algún fandango de Huelva que cantaba mi hermano animado por el viejo en cuanto se achispaba. A mí, puesto en la mesa y convertido en materia comestible, doradito, la vida y la muerte del pavo me importaban más bien poco. 
 
Pero unas vísperas de Nochebuena, mi tía me pidió el favor de que la ayudase con el crimen. Me dijo que ya era mayorcito (yo, no el pavo)  y que ella tenía artrosis o algo parecido en las manos, de manera que le costaba mucho ejecutar la primera parte del degüello. Consistía en que con el cabo de un azadón, le propinara yo al animal un garrotazo en la ridícula cabecilla para dejarlo medio tonto. Así mi tía, que por otra parte era una santa, podría con muy poco esfuerzo y mientras el pavo andaba todavía preguntándose cómo es posible que los amigos humanos de toda la vida le hubiesen infringido aquel dolor tan grande y aquella infamia, podría guillotinar al animal que pasaría de ser el rey del corral a ser un paria insignificante del sistema.
 
En cierto modo, a uno le excitaba la idea de darle el trancazo al pavo. En nuestros juegos infantiles habíamos lidiado ya con dragones, como San Jorge, con Goliat como David y con chinos malvadísimos como Bruce Lee. A todos habíamos matado sin remordimientos en esas fantasías, así que  era cuestión de convertir al pobre ave de corral que tantas fiestas nos hacía cuando íbamos a tirarle los desperdicios y que ululaba para agradecer nuestras sobras que eran su sustento, en un dragón, en un gigante o en un malvado. Así razona  el estado para con sus ciudadanos, añaden quizá “terroristas” o “antisistema”.
 
 Me planté delante de él (del pavo, no del estado) cogí el garrote con las dos manos dispuesto a dejarlo turulato del viaje que iba a darle. Entonces el bicho me miró, directamente a los ojos, lo juro. Le temblaba la rojiza papada bajo el pico. Quise animarme a mí mismo pero no pude. Me miró como un manifestante pacífico mira al policía que tiene enfrente dispuesto a estamparle su porra en la cabeza.  Se me paraba la mano una y otra vez, no había forma de que el cabo del azadón llegase a su espantado objetivo. Mi tía me animaba, como una delegada del gobierno a sus secuaces uniformados, pégale, dale, no seas mariquita, pero hasta el pavo que a lo mejor no era tan pavo fue dándose cuenta de que uno no iba a aporrearlo. Comprendí que si de carcelero no daba el tipo, mucho menos de antidisturbios.
 
Lo bonito de la historia sería que tras esta empírica experiencia vital uno se hubiese hecho vegetariano y abominara de los senderos de crueldad por los que llega la carne a nuestra mesa. Tampoco fue así. Me zampé mi parte de pavo sin remordimientos. Con lo que aprendí que líder de las revueltas tampoco iba a ser de mayor, que a lo mejor ni siquiera seríamos capaces de dar con nuestro ejemplo sentido a nuestras prédicas.
 
 
Por eso ahora, en esta edad, está uno tan lleno de contradicciones y se maravilla de cómo algunas personas tienen las cosas tan claras. ¿Qué poso de inquietud nos dejaron el canario burgués y el pavo pancista, que somos incapaces de estar seguros de nada? En su poema “El monte y el río” , Pablo Neruda se consuela diciendo “¿Quiénes son los que sufren? / no sé, pero son míos” . Vamos a acogernos, por lo menos, a esa certeza entre tanta incertidumbre. 

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