LA UNIDAD COMO FRACTAL 

Fernando Cabral Hidalgo

Fernando Cabral.-Hay conceptos que, de tanto invocarse, acaban vaciados de contenido. “Unidad” es uno de ellos. Se presenta como un valor en sí mismo, casi moral, cuando en realidad funciona muchas veces como una coartada: una forma elegante de pedir sacrificios siempre a los mismos y de blindar beneficios,  que rara vez se explicitan.

En el discurso político, la “unidad de España” ha operado durante décadas como un principio incuestionable. No como un marco administrativo o un acuerdo revisable entre ciudadanos, sino como una entelequia sagrada. En su nombre se han justificado recortes de derechos, recentralizaciones, silencios forzados y una pedagogía del miedo donde cualquier cuestionamiento se etiqueta como ruptura, egoísmo o traición. La ciudadanía concreta -con sus condiciones materiales, su diversidad y sus conflictos reales- queda subordinada a una abstracción que, casualmente, beneficia a estructuras de poder muy bien localizadas.

Lo interesante es que este mecanismo no es exclusivo del nacionalismo de Estado. A otra escala, con otros símbolos y una retórica supuestamente emancipadora, reaparece en la llamada “unidad de la izquierda”. Aquí también la unidad se convierte en fetiche: no como resultado de un proyecto compartido y debatido, sino como consigna disciplinaria. Quien discrepa no es alguien que aporta matices o señala fallas estratégicas, sino alguien que “divide”, que hace el juego al enemigo, o que no entiende “el momento histórico”.

El patrón es el mismo. Una abstracción elevada a dogma, una promesa de bien superior y, debajo, la postergación sistemática de la ciudadanía real. En nombre de la unidad se pide paciencia, silencio o renuncia; pero los costes nunca se distribuyen de manera equitativa. La unidad siempre la pagan otros y siempre son los mismos.

Además, ambas “unidad” comparten un rasgo clave: su carácter profundamente conservador. No buscan resolver conflictos, sino congelarlos. No aspiran a integrar diferencias, sino a neutralizarlas. La unidad no se construye desde abajo, sino que se impone desde arriba, como cierre prematuro del debate. Es menos un proyecto político y más una técnica de control.

La ironía es que, en ambos casos, la unidad se presenta como condición para mejorar la vida de la gente, cuando en la práctica funciona como sustituto de esa mejora. Se promete un futuro armonioso a cambio de tolerar un presente injusto. Y así, la forma devora al contenido: la bandera tapa el salario, la sigla tapa la precariedad, el consenso tapa el conflicto social que debería ser el corazón de la política democrática.

Quizá el problema no sea la unidad en sí, sino su uso fetichista. Una unidad que no se pregunta a quién sirve, quién la define y quién paga su precio no es unidad: es una coartada. Y mientras sigamos aceptando abstracciones autosimilares que se repiten a distintas escalas del poder, seguiremos atrapados en el mismo dibujo, ampliado o reducido, pero siempre igual.

El matemático polaco Benoit Mandelbrot lo explicó con su teoría de la geometría fractal basada en la autosimilitud, es decir, la parte se parece al todo. Los fractales son patrones que se repiten a distintas escalas, con la misma geometría del todo. La política española parece empeñada en demostrarlo con bastante menos rigor y, desde luego, con bastante peor gusto. En lo macro: la “unidad de España” como relato que tapa desigualdades, rentas y poderes muy poco unitarios. En lo micro: la “unidad de la izquierda” como consigna moral que invalida disensos reales y sirve para conservar equilibrios internos, sillones y jerarquías. Cambia el zoom, no el dibujo. El patrón es el mismo. Cambia la escala, no la geometría. La forma se repite: una abstracción elevada a dogma, una promesa de bien superior y, debajo, la postergación sistemática de la ciudadanía real. 

Y además hay algo perverso: ambas se presentan como bienes superiores, casi éticos, cuando en la práctica funcionan como dispositivos de disciplina. Quien cuestiona el marco no es un discrepante, sino un traidor, un irresponsable, alguien que “divide”. El argumento es idéntico; solo varía el decorado. Cambian los símbolos, no la lógica: se absolutiza una forma (“unidad”) y se sacrifica lo que supuestamente le da sentido (la ciudadanía, las condiciones materiales, la vida concreta). El fetiche sustituye al contenido. 

Quizá la diferencia -si queremos ser generosos- con la teoría de la geometría de los fractales es de estética y de retórica, no de estructura. Y ahí sí: Mandelbrot tenía más rigor… y desde luego bastante mejor gusto que quienes usan la geometría del poder para vender unanimidades falsas.

(El audio subtitulado de este artículo se publicará también en el canal de YouTube: https://youtube.com/@anoidto)

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