LA LLAMADA IZQUIERDA REAL SIGUE EN SU CASTILLO DEL VAMPIRO

Fernando Cabral Hidalgo

Fernando Cabral.-La propuesta del portavoz parlamentario de ERC, Gabriel Rufian, de abrir un proceso de debate sobre la izquierda y la reacción de los partidos en ese espectro ideológico, no ha hecho más que refrendar que, digan lo que quieran decir, siguen instalados en el “Castillo del vampiro”, del que hice referencia en un articulo publicado en este medio, allá por Octubre de 2024 (https://sanlucardigital.es/cultura/el-castillo-del-vampiro/).

Ya saben, ese espacio cerrado, oscuro, defensivo, donde la energía política se consume más en la vigilancia interna y en la denuncia moral que en la construcción de mayorías sociales del que hablaba el escritor y filósofo británico Mark Fisher . La imagen no alude a una ideología específica, sino a una actitud: la política como pureza, como señalamiento constante, como sospecha permanente.

El “castillo” representa el aislamiento. Buena parte de la izquierda contemporánea, en distintos países, no solo en España, ha ido perdiendo conexión con amplios sectores populares que históricamente constituían su base social. Trabajadores precarizados, clases medias empobrecidas, jóvenes sin expectativas de movilidad social: muchos de ellos ya no se sienten interpelados por un discurso que perciben como excesivamente académico, cultural o identitario. Mientras tanto, fuerzas conservadoras o populistas han sabido traducir el malestar económico en relatos simples y emocionalmente potentes.

El “vampiro”, por su parte, simboliza la dinámica de absorción interna. En lugar de orientar la crítica hacia estructuras de poder económico, desigualdades sistémicas o modelos productivos injustos, parte de la izquierda ha centrado su energía en el escrutinio constante de sus propios miembros. El debate político se convierte en un examen moral continuo: quién dijo qué, en qué tono, con qué matiz problemático. La discrepancia se interpreta como traición; la duda, como tibieza; el error, como pecado imperdonable. El resultado es una cultura política que desgasta, fragmenta y expulsa.

Esta dinámica tiene varias consecuencias. La primera es la fragmentación. Movimientos que podrían articular mayorías amplias se dividen en microcorrientes enfrentadas por diferencias estratégicas o conceptuales. La segunda es la pérdida de horizonte. Cuando el objetivo principal pasa a ser la vigilancia interna, la transformación estructural queda en segundo plano. Y la tercera es la desconexión emocional: la política deja de ofrecer esperanza y se convierte en un campo de batalla moral permanente.

Nada de esto implica negar la importancia de los debates éticos, las luchas contra la discriminación o la necesidad de coherencia ideológica. La izquierda ha sido históricamente el espacio donde se han articulado demandas de igualdad, derechos laborales, justicia social y reconocimiento de minorías. Pero el problema surge cuando la política se reduce casi exclusivamente a la dimensión simbólica o discursiva, descuidando la construcción de poder material y alianzas sociales amplias.

Además, el contexto actual exige estrategias adaptativas. La transformación del trabajo, la digitalización, la crisis climática y el debilitamiento del Estado de bienestar requieren propuestas concretas, comprensibles y viables. Sin embargo, el lenguaje excesivamente técnico o moralizante puede dificultar la comunicación con quienes viven problemas cotidianos urgentes: alquileres impagables, empleos inestables, servicios públicos deteriorados.

Salir del “castillo del vampiro” no significa renunciar a principios ni moderar convicciones hasta la irrelevancia. Significa, más bien, reorientar la energía política hacia la construcción de mayorías, la elaboración de propuestas tangibles y la capacidad de persuadir a quienes no comparten de entrada el mismo marco conceptual. Implica aceptar la imperfección como parte inevitable de cualquier movimiento amplio y democrático.

También supone recuperar la dimensión material de la política. Las desigualdades económicas, la concentración de riqueza y el poder corporativo siguen siendo factores centrales en la configuración de nuestras sociedades. Si la izquierda quiere recuperar relevancia, debe volver a situar estos temas en el centro, articulándolos con las luchas culturales y de reconocimiento, pero sin que estas últimas absorban todo el espacio.

Finalmente, abandonar el castillo implica abrir ventanas. Escuchar más allá del propio círculo, comprender las motivaciones y temores de sectores sociales diversos, y asumir que la persuasión es una tarea paciente. La política democrática no se basa en la pureza absoluta, sino en la negociación, el acuerdo y la construcción gradual de consensos.

La izquierda “real” no necesita atrincherarse para demostrar autenticidad. Necesita, por el contrario, arriesgarse a salir, a mezclarse con la complejidad social y a aceptar que la transformación no nace del aislamiento, sino del encuentro. Solo así podrá dejar atrás el castillo y recuperar la capacidad de imaginar y construir futuros compartidos.

Rufian y otros, no han hecho otra cosa, sin mencionarlo, en su propuesta la necesidad de la izquierda de salir, de una vez por todas, salir de ese castillo y si se sale juntos mejor que mejor.

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