LA IZQUIERDA Y EL GOBIERNO CON COMPLEJOS
Fernando Cabral.-Nadie duda que la progresiva perdida de poder de representanción y desafección de la izquierda a la izquierda del PSOE se debe fundamentalmente a la fragmentanción fruto del secular cainismo en su seno. Una o varias formaciones de izquierda por cada territorio, casi por municipio, dificilmente puede provocar ilusión, máxime cuando entre ella compiten encarnizadamente en buscarse diferencias y no en aquellos puntos troncales que les pueden unir.
Sin embargo, hay otras circunstancias y aspectos que también están ayudando decisivamente a la desafección popular entre el electorado, incluso entre sus propios y convencidos.
En la política española hay una asimetría evidente: la derecha gobierna con convicción, sin complejos a la hora de poner en marcha su políticas bajo sus principios ideológicos o prográmaticos, ya sean necesarios o no para la mayoría social. Desde el gobierno, en el ambito que sea, la derecha gobierna sin pedir permiso y tiende a presentar sus decisiones como inevitables y técnicas. Esa seguridad —aunque discutible en el fondo— proyecta autoridad. Y la autoridad genera percepción no solo de liderazgo, sino convicción en sus postulados. No es que la derecha gobierne mejor. Es que gobierna con menos dudas públicas. Y en tiempos de incertidumbre, la seguridad —real o proyectada— pesa más que la complejidad.
En contraposición, la izquierda llamada real no solo el PSOE, cuando alcanza el poder en determinados ambitos, gobierna justificándose. Parte del desgaste electoral progresista en España no se explica solo por la economía o la polarización, sino por una cuestión más profunda: la inseguridad narrativa.
Cada pacto, cada cesión parlamentaria, cada reforma ha sido acompañada de una narrativa defensiva. Dan la sensación de que la izquierda española parece debatirse constantemente entre tranquilizar al centro, sin satisfacer a su electorado y ni mucho menos a su ala más ideológica. El resultado es una comunicación fragmentada y, en ocasiones, contradictoria.
La política no solo se juega en las medidas adoptadas, sino en la confianza que transmite quien las adopta. La derecha puede aplicar políticas duras, pero si las presenta con seguridad, consolida a su electorado. La izquierda puede impulsar avances sociales relevantes —subida del salario mínimo, reformas laborales, políticas de igualdad—, pero si los comunica desde la justificación permanente, erosiona su propia base. El votante no castiga únicamente las decisiones: castiga la sensación de improvisación.
Si la izquierda quiere recuperar apoyo popular, el desafío no es solo programático. Es psicológico y comunicativo: dejar de gobernar pidiendo permiso y empezar a gobernar defendiendo su proyecto sin complejos.
La idea de que “la derecha gobierna sin complejos y la izquierda con complejos” simplifica una realidad más compleja. En España, las diferencias responden tanto a cultura política como a contexto institucional. La cuestión de fondo no es quién gobierna con más seguridad, sino quién logra transmitir coherencia entre discurso, acción y resultados.
Durante los últimos años, buena parte de la izquierda institucional —desde el Partido Socialista Obrero Español hasta Sumar— ha gobernado con una mezcla de cautela, reacción permanente y necesidad constante de justificación. Y esa actitud, más que las medidas concretas, puede estar erosionando su vínculo con amplios sectores sociales.
Gobernar pidiendo permiso es gobernar a la defensiva. Es asumir el marco mental del adversario —y tratar de demostrar, una y otra vez, que no se es tan “radical” como dicen. Es explicar cada reforma laboral, cada subida del salario mínimo o cada política feminista como si fuera una excepción prudente en lugar de una convicción democrática. Es aceptar que el terreno del debate lo delimiten quienes nunca compartirán el proyecto.
El problema psicológico es profundo. Cuando una fuerza política transmite inseguridad sobre su propio programa, el electorado percibe duda. Y la duda no moviliza. La ciudadanía puede discrepar, pero rara vez se siente atraída por quien parece no creer del todo en lo que hace. En cambio, la firmeza —incluso polémica— proyecta liderazgo.
El desafío comunicativo es igual de importante. En un ecosistema mediático fragmentado y polarizado, la izquierda no puede limitarse a gestionar bien; necesita explicar mejor. No basta con que las cifras macroeconómicas mejoren si no se traduce ese avance en relatos comprensibles y emocionalmente conectados con la vida cotidiana. Cuando el adversario simplifica y dramatiza, responder con tecnicismos es perder la batalla antes de empezarla.
Además, existe una dimensión estratégica: la normalización. Cuando una política se defiende con convicción, acaba integrándose en el sentido común. Lo que hoy se presenta como polémico mañana puede ser consenso. Pero para que eso ocurra, alguien debe sostener la posición sin complejos durante el tiempo suficiente.
La izquierda no carece de propuestas ni de capacidad de gestión. Lo que parece faltar, a menudo, es una narrativa emocionalmente segura y políticamente ambiciosa. Recuperar apoyo popular no pasa solo por afinar el programa electoral; pasa por cambiar la actitud. Gobernar no es pedir permiso: es asumir la responsabilidad de defender un proyecto, con claridad y sin pedir disculpas por existir.
Gobernar para todos no es lo que se espera de una izquierda cuando llega al poder, lo que se espera es que ponga en prácica con convicción los postulados idelógicos y programáticos con los que llegaron al poder, lo otro es un trampantojo más cecano a la justificación de una incapacidad e inseguridad y, cuando no, ese complejo referido.




