ESPAÑA A LA LUZ DE MALAPARTE, II
Hablar del mencionado libro “Técnicas de golpes de Estado” y no aplicar su contenido a lo concreto y en este caso, a España, dejaría la reflexión colgando del hilo de las interpretaciones y en esta segunda entrega, pretendo no dejarla en ese estado.
Aplicar su mirada a España no implica sugerir escenarios de ruptura, no solo para entender y explicar las estrategias políticas de ciertos partidos, concretamente la extrema derecha y derecha extrema, sino comprender los desafíos actuales para la estabilidad institucional en un país democrático, descentralizado y digitalizado como el nuestro.
Una de las advertencias principales de Malaparte es que los Estados excesivamente centralizados son más vulnerables, porque basta controlar unos pocos nodos para paralizarlos. España, con su modelo autonómico, presenta una estructura mucho más distribuida: competencias compartidas, administraciones territoriales diversas, cuerpos policiales diferenciados y pluralidad comunicativa.
Esta descentralización —a veces criticada desde una visión de eficiencia— actúa en realidad como un mecanismo de dispersión del poder que reduce la fragilidad descrita por Malaparte. La arquitectura administrativa española genera redundancia, y la redundancia es estabilidad que, para nada, tiene que ver con eficacia y eficiencia en la gestión de los asuntos públicos. Ineficacia y redundancia habilmente utilizados por quienes, además de servise de ello, pretender subertir un orden que ya no les sirve.
En la España actual, los “órganos vitales” ya no son los ferrocarriles o las estaciones telegráficas de los que hablaba Malaparte. El siglo XXI tiene sus propios nodos críticos: sistemas de ciberseguridad del Estado, infraestructuras energéticas e interconectadas, plataformas digitales donde se construye la opinión pública, medios de comunicación y su capacidad de generar relatos y redes sociales más dedicadas a amplificar tensiones o desinformación que a otra cosa.
Más que temer golpes clásicos —incompatibles con la estructura social y la cultura política española—, el riesgo actual es la erosión progresiva de la confianza, fenómeno que Malaparte habría interpretado como un “golpe blando” o narrativo: un proceso donde el Estado no cae, pero se desestabiliza en su funcionamiento.
Según Malaparte, las masas ya no son protagonistas: lo es la percepción colectiva, moldeada por élites técnicas o grupos con acceso a los nodos comunicativos. En España, los elementos de polarización política y territorial pueden ser vistos como multiplicadores de desconfianza, herramientas narrativas y generadores de clima de excepcionalidad.
Aunque no implican riesgo de ruptura abrupta, pero sí muestran cómo el poder democrático puede desgastarse por capas, especialmente cuando actores políticos o mediáticos utilizan técnicas de polarización emocional que Malaparte habría identificado como “tecnificación del conflicto”.
Algo que Malaparte no pudo prever, pero que encaja con su lógica, es la aparición de centros de poder técnico fuera del Estado. En España, como en el resto de Europa las redes sociales privadas, las empresas tecnológicas y algoritmos de distribución de información tienen hoy más capacidad de influir en el clima político que muchos organismos gubernamentales.
Esto plantea un reto que Malaparte entendería perfectamente: si los órganos vitales ya no están dentro del Estado, el Estado depende de estructuras que no controla. España afronta este desafío en ámbitos como desinformación, ciberseguridad o regulación de plataformas y que determinados actores políticos lo están utilizando para sus intereses particulares que nada tiene que ver con el interés general.
Todos funcionan como herrmanientas al servicio de la causa, que no es otra que crear desestabilización social y económica, así como, desconfianza en las instituciones garantes del sistema democrático.
Hoy en España, a pesar de ser un estado descentralizado y elementos de Poder distribuidos, podemos comprobar como gran parte del poder judicial, del mediático, del económico, del energético y tecnológico y del poder político están unidos en una ofensiva de demolición del estado derecho desde dentro en lo más parecido a lo que Malaparte llamó como “Golpe de Estado blando”. La otra parte del poder político, sobre todo el llamado progresista, ennortados están a otra cosa y en como diferenciarse unos de otros en vez de buscar puntos de encuentros. Avisar que viene el lobo no es suficiente y si un gesto de unidad frente a esa ola neofascista que tanto dicen preocuparles.
No crítico a los que ya desconfían en las instituciones porque algo de razón pueden tener para pensar en ello, pero no olvido que hay quienes trabajan para que así pensemos para obtener rédito en sus aspiraciones. El señuelo de un orden nuevo que vengan de sus manos es como un caramelo envenenado. Los derechos conquistados son un estorbo para sus intereses y la democracia como norma fundamental de convivencia en un estado derecho también.
