Sin pelos en la lengua

El mirabreño
La Feria de la Manzanilla o el asentamiento chabolista de La Calzada
El Mirabreño.-La primera Feria de la Manzanilla celebrada en la Calzada, (sin entrar en aquellas antiguas fiestas de los años treinta), tuvo lugar en el año 1972, si mi memoria no me falla. Había desaparecido poco antes la Velada Feriada de la Divina Pastora, que el año anterior dejó de salir procesionalmente. Ante aquel hecho, un grupo de comerciantes, ligados al mundo de la distribución de bebidas, se reúnen con la idea de  llevar a cabo una feria que, de alguna manera, viniera a sustituir la que se vivía en el barrio del Mazacote. Así, sin entrar en muchos detalles, comienza lo que hoy conocemos como Feria de la Manzanilla. En aquellos primeros años la Feria surgió con fuerza a pesar de que el número de casetas era mucho menos que el actual, pues solo en un tramo del paseo (concretamente la margen izquierda mirando hacia la playa) se instalaban y el otro carecía de las mismas y sólo existían unos cuantos bares. En aquellos años existía aún el Gran Cinema (desapareció tristemente, como no podía ser de otra manera, un mes de noviembre de 1987, mes dedicado a los difuntos) que se abría de par en par y en donde el partido comunista junto a CCOO, instalaba su propia caseta.

La Municipal estaba ubicada junto a los bloques de los Andes, justamente delante de donde ahora se ha realizado la maravillosa pintura del artista catalán Aryz. Más tarde se trasladó al final de la Calzada y delante de la desaparecida fuente (hoy felizmente recuperada, aunque no sea la misma que la anterior). Aquellas ferias se distinguía por el ambiente familiar, la genuina forma de los sanluqueños de disfrutar de su fiesta, con una particularidad que no se veía en ninguna otra, que no era otra que a lo largo y ancho del Real concurrían numeroso grupos de personas en torno a un tambor rociero y a cantar por sevillanas, que junto a los bailes en pleno centro de la Calzada, sin necesidad de música enlatada ni de estruendosos altavoces, daba la nota colorista de una sin par Feria, hoy desconocida para las nuevas generaciones de sanluqueños. Era algo típico y genuino en la Feria de Sanlúcar ver como estos grupos de amigos y familiares se arremolinaban alrededor del cante por excelencia de la Feria: las sevillanas.

Otra particularidad era la construcción de la portada, siempre suscitando el interrogante de la curiosidad del sanluqueño, que se preguntaba como sería ese año el pórtico de entrada. Por aquellos años, no se estilaba ese espectáculo ridículo y mamarrachero de entrar a la pata coja, no sé ni cuando ni quien lo inventó. La portada de la Feria era el punto de encuentro, de referencia, de reunión, pues no existían los medios tecnológicos, a modo de móviles, que hacen hoy día igual donde estés o te encuentres, pues con una simple llamada o un mensaje, estás siempre localizado.

El exorno de las casetas era otro atractivo de la Feria, las asociaciones y grupos se afanaban por decorarlas lo mejor posible y no como ahora donde brilla por su ausencia (en la inmensa mayoría) el buen gusto, la dedicación y delicadeza, y se va más al consumo y al negocio. Recuerdo nombres de casetas míticas como: “Del coro al caño”, “Los Mariachis”, Peña “La Maja”, “Club 36”…, estas dos últimas casetas rivalizaban cada año por llevarse siempre el Primer Premio del Concurso. A lo anterior hay que sumarle que por entonces los módulos de hierro y los toldos estaban nuevos y relucientes. Me pregunto desde cuando no se pintan los perfiles de metal y se lavan o sustituyen los toldos. En resumidas cuentas, era una Feria entrañable que poco a poco fue alcanzado fama y solera, pero hete aquí llegó nuevos tiempos y con ellos la degeneración y desvirtuación de una fiesta que, siendo eminentemente andaluza y con su folclore puramente andaluz, se va convirtiendo en una botellona, más bien una macrobotellona, donde abunda la música estridente (en muchas casetas) y estilos musicales impropios de nuestra traducción y cultura. Abundan las casetas discotecas, el ruido ensordecedor, los lotes de alcohol depositados en el suelo y rodeado de jóvenes sin otra finalidad que pillar la borrachera… Incluso vengo observando menor incidencia en lucir el traje de gitana en las mujeres, o al menos, esa es la impresión que me da, cuando Sanlúcar siempre se distinguió porque la mayoría de las mujeres iban ataviadas con el traje de faralaes o más conocido como de flamenca.

En definitiva, una Feria de la Manzanilla donde antes se esperaba con ilusión y alegría y en donde los sanluqueños disfrutaban de unos días alegres y festivos, han dado paso hoy día, a que sirva como coartada perfecta para que muchos salgan de viaje a pueblos costeros u otros lugares, donde pasan unas minivacaciones apartados del bullanguerío y botellódromo en el que se ha convertido nuestra querida Feria. No he tocado aquí los inconvenientes de infraestructura y de circulación que provoca celebrar una fiesta como la Feria en pleno corazón del Barrio Bajo de Sanlúcar y en su paseo más emblemático, esto será tema de un segundo capítulo sobre el tema. Sólo apuntar que, como ha dicho recientemente un político, la Feria de la Manzanilla es una bomba de relojería, término que no es nuevo ya que desde hace mucho tiempo vengo manifestando en cuantas ocasiones tengo. Si este evento no contara con el respaldo de la tradición y la cultura de esta zona de Andalucía, el mismo no podría llevarse a cabo, ya que las distintas administraciones públicas, empezando por Sanidad, prohibirían su celebración. Ya que vulnera tantísimas normas y leyes de seguridad, sanidad, medioambientales, tráficos, etc.

Como ya he indicado, será en otro capítulo donde hablaré de los motivos, según mi parecer, por los cuales hemos llegado a esta situación, donde una Feria que comenzó siendo algo pintoresca, bella, alegre y genuina, la vemos en la actualidad como si de un asentamiento chabolista se tratara, algo más cercano a la Cañada Real de Madrid o al Vacie de Sevilla. 

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