Sin pelos en la lengua
Otra particularidad era la construcción de la portada, siempre suscitando el interrogante de la curiosidad del sanluqueño, que se preguntaba como sería ese año el pórtico de entrada. Por aquellos años, no se estilaba ese espectáculo ridículo y mamarrachero de entrar a la pata coja, no sé ni cuando ni quien lo inventó. La portada de la Feria era el punto de encuentro, de referencia, de reunión, pues no existían los medios tecnológicos, a modo de móviles, que hacen hoy día igual donde estés o te encuentres, pues con una simple llamada o un mensaje, estás siempre localizado.
El exorno de las casetas era otro atractivo de la Feria, las asociaciones y grupos se afanaban por decorarlas lo mejor posible y no como ahora donde brilla por su ausencia (en la inmensa mayoría) el buen gusto, la dedicación y delicadeza, y se va más al consumo y al negocio. Recuerdo nombres de casetas míticas como: “Del coro al caño”, “Los Mariachis”, Peña “La Maja”, “Club 36”…, estas dos últimas casetas rivalizaban cada año por llevarse siempre el Primer Premio del Concurso. A lo anterior hay que sumarle que por entonces los módulos de hierro y los toldos estaban nuevos y relucientes. Me pregunto desde cuando no se pintan los perfiles de metal y se lavan o sustituyen los toldos. En resumidas cuentas, era una Feria entrañable que poco a poco fue alcanzado fama y solera, pero hete aquí llegó nuevos tiempos y con ellos la degeneración y desvirtuación de una fiesta que, siendo eminentemente andaluza y con su folclore puramente andaluz, se va convirtiendo en una botellona, más bien una macrobotellona, donde abunda la música estridente (en muchas casetas) y estilos musicales impropios de nuestra traducción y cultura. Abundan las casetas discotecas, el ruido ensordecedor, los lotes de alcohol depositados en el suelo y rodeado de jóvenes sin otra finalidad que pillar la borrachera… Incluso vengo observando menor incidencia en lucir el traje de gitana en las mujeres, o al menos, esa es la impresión que me da, cuando Sanlúcar siempre se distinguió porque la mayoría de las mujeres iban ataviadas con el traje de faralaes o más conocido como de flamenca.
En definitiva, una Feria de la Manzanilla donde antes se esperaba con ilusión y alegría y en donde los sanluqueños disfrutaban de unos días alegres y festivos, han dado paso hoy día, a que sirva como coartada perfecta para que muchos salgan de viaje a pueblos costeros u otros lugares, donde pasan unas minivacaciones apartados del bullanguerío y botellódromo en el que se ha convertido nuestra querida Feria. No he tocado aquí los inconvenientes de infraestructura y de circulación que provoca celebrar una fiesta como la Feria en pleno corazón del Barrio Bajo de Sanlúcar y en su paseo más emblemático, esto será tema de un segundo capítulo sobre el tema. Sólo apuntar que, como ha dicho recientemente un político, la Feria de la Manzanilla es una bomba de relojería, término que no es nuevo ya que desde hace mucho tiempo vengo manifestando en cuantas ocasiones tengo. Si este evento no contara con el respaldo de la tradición y la cultura de esta zona de Andalucía, el mismo no podría llevarse a cabo, ya que las distintas administraciones públicas, empezando por Sanidad, prohibirían su celebración. Ya que vulnera tantísimas normas y leyes de seguridad, sanidad, medioambientales, tráficos, etc.

