Universidad de Sevilla
Aquella mañana de enero, María conocería Sevilla como si abriera el celofán que envuelve un regalo de navidad.
La descubrió mientras subían, ella y otros cuatro estudiantes de Geografía, el primer peldaño del portalón del tranvía.
Atrás, dejó un alcorque, y luego troncos y el ramaje casi verdoso que ya bordeaban casi toda la travesía.
Y era como un fajín verde, como tal si fuera otro cielo más que emergía poco a poco al fondo del horizonte confusamente amarillento, por aquellas construcciones de piedra tan antigua.
Cuando llegaron a la Universidad, donde muchos más jóvenes charlaban sentados en los jardines verdes, o cantaban sonrientes alrededor de una guitarra acústica, María había dicho:“ Baja aquí, por favor “, y entonces quedó absorta ante la maravilla.
La Universidad, su nueva universidad estaba allí, majestuosa y solemne, extendiéndose de norte a sur y de este a oeste, en una suerte de pasillos abovedados, galerías de piedra, rigurosamente simétricas.
Mucho le habían contado y muchos le había dicho que en Sevilla, comenzaba y terminaba el mundo, pero aquella visión tan armónica y diríase que sinfónica, la ponía definitivamente a los pies de la sensibilidad, justo la de aquellos poetas del sur que tanto había leído.
María venía de capitales centroeuropeas, administradas por el rigor, la frialdad, la distancia humana y los horarios contraidos.
No era una postal, ni un relamido sueño más, ni aquel ogro aborrascado de las pesadillas del invierno alemán.
Era, sencillamente, Sevilla, como el costado de un gran pez atrapado en alguna red de mallas movedizas, que sonaba como un fuelle de órgano, exhalaba un vaho casi animal y en algo se semejaba a un campo de violetas.
Y luego, a la derecha, aquellos coches de caballos, como de otros tiempos, seguro ya de otros tiempos, encajados perfectamente entre el paisaje cosmopolita de este lado y la banda selvática del Parque de María Luisa.
María entornó los ojos y dijo:
Qué Universidad…., qué sensación….qué gente….
Fue como un instante iniciático que la incorporase de repente a alguna secta extraña y mágica y entonces, en aquellos momentos, tuvo la inexplicable convicción de que Sevilla, Sevilla la aguardaba allí desde siempre.
Eduardo Dominguez-Lobato Rubio

