SsanlúcarSur PonienteLargo
Cruzaban la plazuela casi en diagonal, evitaban el banco de cemento pintarrajeado por los niños, sorteaban el primer arriate plantado de margaritas y pitirrosas, dejaban a la izquierda la palmera inmemorial seducida por insidiosas buganvillas rojas y violetas y alcanzaban, por fin, el pórtico esbelto del convento, justo cuando la campanita casquivana lanzaba a los aires diecisiete monedas cantarinas, pausa y tres puntos, por encima de los gorriones asustados y por encima incluso de la lluvia.
Entonces, quedaba atrás la luz olorosa a hierba nueva y a tierra mojada, quedaban atrás los goterones enamorados de pitirrosas y buganvillas, quedaba atrás el inútil forcejeo del sol con los nubarrones del Este por asomarse al pueblo todavía dormido. Y cuando entraban a la penumbra inciensada, Maruchi forzaba su genuflexión trabada por el brazo y ofrecía a doña Claudia los dedos índice y corazón mojados en agua bendita conduciéndola sostenida por el codo hasta el reclinatorio de cedro y raso púrpura con las letras R y C enoro mortecino luego permanecían arrodilladas mientras el padre Fabián cruzaba desde la sacristía, reverente y ensimismado, las pelusillas de la barba aureoladas a contraluz por los dos cirios del altar. El padre Fabián, los brazos abiertos entre oferentes y exhortantes, diría como siempre:
–Hermanos, reconozcamos nuestros pecados…
Luego caía en la cuenta de que a esta misa venía tan poca gente que podrían contarse con los dedos y, además, casi siempre la misma, nadie sabía si porque esta misa no era para mucha gente o porque mucha gente no era para esta misa. Y eso ocurría desde siempre, al menos desde aquella exuberante mañana abrileña de hace diez años, cuando ella asistió por vez primera a esta misa que parecía otra por entonces.

