SanlucarSur PonienteLargo 48
Eduardo Dominguez-Lobato Rubio.- Y aunque ella, llegado el caso, filigraneaba como la primera en todas las suertes de cama, la cuestión estába en que se era o no se era, y ella sería siempre la misma, en este pueblo y en este perro oficio mientras el cuerpo le hiciera sombra.
Todo lo puta que se quiera pero en su sitio, con dignidad, sin perder postura ni arriar bandera por tres perras. Claro que la vida achuchaba, claro que la vida apretaba y nunca se sabía pero, mientras puediera, mantendría el tipo y, cuando, no, rompería la baraja,borrón y cuenta nueva.
Pero todavía sí, todavía era joven y podía defenderse a cuerpo limpio, sin marranadas y subterfugios. A pesar de todo, le bailoteaba en la cabeza esa ponzoñosa insinuación de "La Pelucas", más que por su intención específica, por lo que tenía de inquietante, clarísima señal de alerta, de inequívoca llamada de atención.
Sí, iba siendo hora de plantearse en serio la situación porque los años pasaban volando y, a estas alturas, ni la bolsa engordaba como debiera engordar, ni el montón crecía como debiera crecer, de forma que, salvando los ahorrillos del Banco y las cuatro alhajitas de nada, no tenía más que lo puesto. Quería ello decir que debía despabilarse, vamos, abrir bien los ojos y agenciar en poquísimos años lo que no consiguió agenciar en muchos, no fuese que, al final, hicieran bueno en ella lo de puta y barbero a la vejez te espero.
Ayer Martita cruzaba en diagonal la placita del Desengaño, en penumbra cerrada porque la anémica luz de la bombilla naufragaba entre las copas de los naranjos. A media plazoleta, había de revolverse contra el ventarrón que le levanta las faldas, le alborotaba el cabello y casi intentaba desnudarla como un hombre.
Mientras procuraba atirantarse la falda con una mano, protegía con la otra la cabellera rubia, recién lavada, recién lacada y moldeada esa misma tarde, -veinte euros, vaya por Dios, lo que faltaba-, y reemprendía la marcha a pasitos cortos y oblicuos, dándole el hombro al ventarrón empeñado en liarle la falda a la cintura como un gigantón que quisiera forzarla en plena calle.
Por demás, Martita no temía a la oscuridad, bien lo sabía Dios, cuando de oscuridades sabía un rato, ni recelaba peligro alguno, ni lo temía ni lo esperaba convencida como estaba de que las mujeres no corrían más peligro que el que buscaban.
Dineros aparte, claro, cuando incluso por tres euros, niñatos había dispuestos a dar el disgusto. Pero no sería a ella, seguro. En este pueblo nos conocemos todos, nos medimos todos y bien sabe la gente que, para arrancarle el bolso, tendrían que matarla, máxime ahora, cuando andaba agenciando para el equipo de primavera porque todo cuanto llevaba puesto iba de paso y ella, en cuestión de ropa, no transigía. Después de todo, la ropa no dejaba de ser en su caso herramienta de trabajo y las herramientas de trabajo, ya se sabe, son de lo más delicado.
Y eso, nada más la equipación de primavera, costará un Potosí, vamos, un ojito de la cara, que en eso sí debieran meterse a fondo quienes mangonean y todos esos guapitos que parlotean en la tele con el rollo de los precios y las inflaciones. Si a ella la dejasen hablar, si le soltaran cuerda para explayarse a sus anchas por la tele, más de tres y más de cuatro iban a enterarse de lo que valía un peine, ya lo creo. Puede que la muy víbora estuviera en lo cierto, vaya usted a saber, pero el caso es que a Martita le daba igual rey que roquecuando, cayera la moneda como cayera, aunque fuese de canto, nadie vendría a llenarle la cesta del pan.
Y, por supuesto, tampoco le resolverían la papeleta de la vivienda, hay que ver, vengan pisos, vengan bloques y más bloques protegidos y a ella jamás la protegía nadie, mire usted por dónde, siempre con la cantinela de que no está encuadrada en ningún gremio.
Ja….Ja, Ja, en ningún gremio, vaya cachondeo, pero luego había mil putillas de tres al cuarto, incluso casadas, que como tienen padrinos se bautizaban………

