SanlúcarSur PonienteLargo

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
SanlúcarSur  PonienteLargo  Capítulo 53
Eduardo Dguez-Lobato Rubio.-Porque sucedía que, a partir de esa hora, discurrían los treinta minutos privilegiados en los que ella se acercaba tanto a Dios o Dios se acercaba tanto a ella que, a veces, tenía incluso la indescriptible sensación de que El le ponía sus Manos en los hombros.
Pero también es verdad que Dios, en su infinita misericordia, nos colocaba en ocasiones chinitas en su camino; así a ella, sobre todo de algunos años a esta parte, le exigía la diaria porfía con estas piernas haraganas y rebeldes que, por fortuna, a trancas y barrancas, entre crujidos protestones y resistencias testarudas, todavía le obedecían.Ayer mismo, por ejemplo, cuando trataba de ponerse en pie, casi se le desmayan las rodillas, cosquilleadas por el temblorcillo gaseoso de todas las mañanas. Y en el momento de intentar el primer paso, sus pies permanecían petrificados sobre la alfombra, como hechizados por extraños conjuros de las leyes gravitacionales.


Pero con paciencia infinita, voluntad inagotable y la jaculatoria al Corazón de María, había conseguido alcanzar la silla del comodín. No es que el encuentro con Dios la obligase a especiales ritos de cosmética mañanera pero sucedía que, aún para encontrarse con El, toda mujer y sobre todo si se era dama respetable, debía plantarse en la calle como Dios manda.

Ya estaba ante el espejo, aunque el espejo neblinoso y amarillento, enmarcado en oro viejo, hacía años que no le decía absolutamente nada. Era como un viejo conocido, indiferente y aséptico, incapaz de halagos y reproches y tan insensible o quizás tan acostumbrado a ella que ni la atormentaba con pequeñeces ni la piropeaba con vanidades.

Mamá, ¿se puede?

Era Maruchi, con sus discretos golpes de nudillos en la puerta, como siempre, aunque sabía perfectamente que el cerrojillo de esa habitación jamás se corría y que para entrar bastaría accionar el picaporte. Sólo cuando escuchaba el "Adelante, hija" difuminado en el runrún de la lluvia, Maruchi empujaba la puerta de caoba con cuarterones y peinazos e irrumpía en el dormitorio la bocanada fresca de sus "Buenos días mamá",  descorría la cortina aterciopelada del cierro y zampaba su beso limpio en la mejilla de doña Claudiaponiendo orden racional en el alboroto nevado del cabello y avivando el rostro de cera transparente con discretos rubores.

En ese preciso momento, la campanita del convento de las monjas repetiría su risa contagiosa de niña traviesa, pausa y dos puntos sonoros, y Doña Claudia asomaba dejillos de impaciencia cuando decía:- "Maruchi, el segundo", mientras tanteaba con los pies bajo la consola por enjaretarse a tiempo los zapatos de salir.

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