Quiero volver
Eduardo Dguez-Lobato Rubio.-Y porque ahora, en época de seguro riesgo , incertidumbre y desaliento , puede que nuestras aspiraciones, anhelos, deseos de siempre, merezcan la oportunidad del intento.
Recuerdo ahora aquellos años de juventud de los que tantas similitudes veo con situaciones de ahora.
Recuerdo que por aquellos días soñaba muchas veces y despertaba con la boca seca y una angustiosa sensación de náuseas.
Y no sé por qué, relacionaba oscuramente aquellas pavorosas pesadillas con el inmediato viaje a París.
Recuerdo que yo era como un pedazo de metralla confortablemente alojado en las espaldas de una respetable familia burguesa. Y a mis veintidós años , estaba en razonables condiciones para empezar a ser el licenciado ideal que mi padre necesitaba y deseaba.
Sucedía también que, por entonces,, andaba tenazmente empestillado en lo de la pintura, si bien jamás fui lo que se llama un alumno brillante.
Y fue entonces cuando se encendió en mi cerebro una idea fascinadora que llegó a ser obsesionante: París.
– Mañana me voy, papa. No estoy tan loco como aparento. Quiero pintar, realizarme a mí mismo, cumplirme tal y como soy.
Sorprendentemente, mi padre no se inmutó. “ Bien – dijo – haz lo que quieras”.
Emocionado , estaba a punto de espetarle la apasionante biografía de Gaugain, cuando nos sobresaltó un fenomenal estrépito de cacharros rotos en la cocina. Mi madre se había desmayado con una bandeja llena de vasos y platos en la mano.
Aquella tarde de mayo enfilé resuletamente la ancha avenida con cuatro hileras de moreras que llevaba a la estación. El vientecillo de la mar olía de otro modo, la gente parecía distinta y hasta los arboles y las flores eran diferentes. Tenía, además, cierta indefinible y voluptuosa sensación de fuga, como si en aquellos momentos escapase subrepticiamente de algún adormecido manicomio.
Sí . Atrás quedaba aquella galaxia de locos pacíficos y amodorrados, inconscientes de sus propias cadenas. Yo, en cambio, iba camino de París, camino de Europa, camino del mundo. Camino de algo diferente sinónimo de libertad, donde podría hablar, decir a voces mi verdad, ser escuchado, comprendido, admirado e, incluso, mimado.
Y mi amigo estaba allí – Por fin, chico – terminó él con un bostezo – ya estás en París. Ahora tienes que tener cuidado para no caerte en alguna alcantarilla. ¿ Traes dinero ?
Luego, semanas torturantes. Mil idas y venidas, con los pies inflamados y el alma tumefacta y al final llegué a la corrosiva certidumbre de que la ciudad-luz se resistía feroz y empecinadamente a admitir mi talento.
Después, la clara idea de tomar una cerveza sentado junto al Sena. Y el agua corredora parecía burlarse de todas mis reflexiones, y de todas mis interrogantes, porque el agua iba, va en todos los ríos, en este Guadalquivir también, libre de inquietudes y responsabilidades: El agua jamás se detiene para reflexionar o para interrogar y cumple ciega y cantarinamente el deber sencillo de seguir hacia la mar.
Aunque tan vez el río, y este Guadalquivir también, pronunciaba su soberana lección de vitalidad y modestia, de fe irresponsable en su propio destino, al final, siempre la mar.
Y es que aparentemente las cosas suceden de un modo absurdo e imprevisible. Podéis rogar, gritar, esperar, maldecir y no ocurre absolutamente nada. De repente, cuando el desaliento nos ha taladrado todas las capas de los huesos y nos sentimos exánimes alguien nos abre un escotillón.
Y ocurrió entonces que mi cadáver acertó a descubrir una cuartilla polvorienta en el fondo de la mochila. Soy capaz de jurar que una mano de ultratumba puede cobrar, a veces, la vida justa para escribir. Breve, desesperadamente concisa, como deben ser las cartas de los difuntos.
Decía simplemente:
– Queridos padres, quiero volver.

