PonienteLargo XLI
…era esa misma creciente que recorrió la Calzada y el Cabildo, la plaza de San Roque y la Cuesta Belen y por último la calle Caballeros hasta converger con todas las demás corrientes, aquí mismo, en Maternidad, a la verita de estas arquitecturas sanluqueñas maltratadas por los años, el olvido y la desidia de todos.
Y la escalerilla de los Perros inundada, los balcones ahogandose entre listones que caían desvencijados y arrancados por la corriente. Si Doña Beatriz lo viera ahora, donde antes lloraban las almas nacientes, algodones sudorosos impregnados de sudores maternales, practicantes embelesados y orgullosos, comadronas ágiles, escalera de marmoles entre el trasiego y las prisas. Porque eso decian los viejos practicantes del lugar, como Don Ignacio, de amables y profundas palabras, de sabiduría viviente y vivida, o los afamados médicos de siempre, de toda la vida como Don Manuel, de gafas oscuras, de profundidades casi marinas, alma inquebrantable, ansias de ciencia y sobre todo humano, muy humano… Don Manuel, en algún lugar del universo, a milones de años-luz de distancia.
Ayer, tan solo ayer…
Había sonado el teléfono, pero sucedía que los timbrazos se acercaban vertiginosamente y ahí estaban ya, en el aparato de la mesilla de noche, ese condenado artilugio que nos mete a las visitas casi en la cama a la hora menos pensada. Una llamada, dos, tres, cuatro, cinco y cuelgan. Otra, dos, tres, cuatro y cinco y vuelven a colgar. Era la contraseña, no había duda. volverían a llamar y Samuel debía descolgar según tiene establecido con Miguel, su ATS de confianza.
Cuando Miguel llama, asunto grave, urgente, inesquivable. Miguel habla con voz serena, impersonal, casi indiferente. Algo urgentísimo. Según todos los síntomas, edema pulmonar agudo. Se trataba del padre de Nicolasa, la enfermera, calle San Cristóbal número cuarenta y dos. El ya estaba allí por pura casualidad. Resulta que acudió al mismo bloque para atender un gotero y…
Quiere esto decir que otra vez a la calle cuando todavía no había entrado en calor. Blanquita se ha desvelado y asoma los ojillos color uva verde por encima del embozo. Dice:
-Qué noche, Samuel, qué noche– y se volvía perezosamente hacia el otro lado.
-Una noche de todos los demonios- monologaba Samuel mientras se ajustaba los calcetines.
Bien visto, no cabían extrañezas porque esto mismo había sucedido centenares de veces a lo largo de treinta y cinco años de profesión pero, a pesar de todo, pareciera como si siempre fuese la primera. Samuel trasteaba en el armario, como siempre, sin saber exactamente lo que buscaba. De buena gana se ducharía o, cuando menos, el afeitado, pero no, el asunto no admitía esperas ni melindres, de manera que bastaba con alisarse un poco el cabello y echarse algo por encima. Y como siempre, salir sin afeitar, mal peinado y mal vestido, mil veces se lo decía Blanquita, eres un desastre, aburrida me traes, me pones en ridículo, qué pensará la gente…..
Pero daba igual. Por más que Blanquita le sermonease, por más que Blanquita se desesperase, él echaba manos del primer trapo que encontraba, se lo colocaba de cualquier forma y salía a la calle de cualquier manera. De madrugada, sobre todo en madrugadas como esta, con taparse y abrigarse bien va uno en coche porque a las cuatro de la mañana el médico puede presentarse en cualquier parte incluso en pijama; nadie se extrañará y hasta es posible que lo agradezcan.
-Blanca, hasta la vuelta.
-¿No se te olvida nada?
Nada, menos mal, porque resulta que con las bullas casi siempre se deja algo por detrás.
-¿Volverás para el desayuno?
No sabía cuando volvería. Las cosas son ya demasiado complicadas de por sí para, encima, medirlas con reloj. En último término, desayunaría en la calle y, después, directamente a la consulta.
-Samuel, apaga las luces y cierra bien la puerta.
Otra vez Blanquita, con su eterna obsesión de luces apagadas y puertas herméticas.
Esa puñetera noche, a Samuel le había salido cruz. Sobre las doce, lo sacaron del teatro por la pijotada del asma de don Agripino; allá a la una le metieron por las puertas cierto caso de epilepsia que resultó ser una borrachera sorda; cerca de las dos, a casa de doña Matilde, alarmada por la arritmia de toda la vida y, para remate de los remates, esto, cuando apenas cabeceaba el primer sueño.
eduardo dominguez-lobato rubio

