PonienteLargo Capítulo 44
En estas horas ensombrecidas parecía como si la geometría también durmiera, tal si la oscuridad rota en pedazos determinara un pueblo desconocido de dimensiones huidizas.
Samuel había frenado en seco porque, abstraído como iba, por poco se salta el Stop ostentosamente impresionado en blanco sobre un octógono rojo y era en ese instante cuando los faros del coche apuntaban fijos a la pared de enfrente donde, por cierto, no quedaba visible un solo centímetro de cal, tal el abigarramiento de carteles publicitarios que se disputan a pisotones el reducido paño de pared entre el cierro y la esquina.
Samuel admiraba y reconocía el virtuosismo impactante y llamativo de los cartelistas, a cada uno lo suyo, pero resulta que él alcanzó tales extremos de asepsia o de frigidez cívica que ni siquiera la sonrisa seductora y envolvente, el índice enérgico apuntado hacia él como si quisiera salirse del cartel, eran capaces de conmoverle.
Pero le había traído a la memoria el recuerdo de don Luis, el plomizo profesor de Filosofía que aburría a las moscas en la apelmazada clase de las cuatro de la tarde, quien llegó a plantearles la teoría de que la felicidad práctica de los españoles llegaría en el punto y hora en que se viesen liberados de publicidades engañosas y efímeras cuando, en este puñetero país, todos los anuncios apuntaban por sistema hacia la tiranía o la impostura.
Pero era bastante problemático que alguien tomase en cuenta a don Luis en la apelmazada clase de las cuatro de la tarde cuando, con el tiempo, la gente coincidió en que don Luis estaba loco de amarrar, aun cuando tampoco faltaron quienes lo consideraban el más peligroso, corrosivo y demoledor revolucionario que había respirado jamás el aire del pueblo.
En realidad, era un hombre incomprensible. A tal punto llegaban sus despropósitos que, según pudo saberse años más tarde, en los segundos previos su muerte tuvo la increíble ocurrencia de gritarle a su médico de cabecera con aquella su voz grave de tenor retirado que las guerras las ganaban siempre los enfermos y que, al final, quienes terminaban matando de verdad eran los muertos. Fue algo tan inesperado y desconcertante que ni las enfermeras pudieron contener las carcajadas cuando el médico certifico su muerte.
Tal vez lo único que Samuel aprendiera de don Luis en aquellos remotos cursos del Instituto ruinoso fue esta sensible alergia a los convencionalismos y esta irrevocable pasión por la libertad, hasta el extremo que jamás le tentara asociación alguna. Y pagaba gustosamente el precio, estos ramalazos de tristeza y soledad de vez en cuando, por años más frecuentes según avanza el almanaque. Pero estaba satisfecho, lo estuvo siempre y mucho más ahora, en la plenitud del sereno equilibrio, con las apetencias justas para seguir luchando, con la ilusión imprescindible para seguir viviendo.
Había alcanzado ya el punto justo en que la vida cuenta por minutos, sin pasado ni futuro, sin perspectivas, tentaciones ni desafíos y él era capaz de afrontarla refugiado en los pequeños estímulos de las cosas menudas, en el íntimo calorcillo de los afectos diarios. Si no se consideraba necesario tampoco se juzgaba inútil. En definitiva, había cumplido, cumplió bien con el mañana de sus cuatro hijos y ahora estaba avisado para cumplir decorosamente las mínimas exigencias de su propia vejez…
eduardo dominguez-lobato rubio

