PonienteLargo 36

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
SanlúcarSur Ponientelargo Capítulo 36
Eduardo Dguez-Lobato Rubio.-Susana descendía por los catorce escalones empinados, untuosos, bien afirmada en el pasamanos, cuando aquel nene con gafas salvaba los tres últimos de un salto y daba contra el camarero que llegaba con cinco cafés en la bandeja, puñetero niño, cuidado, todo el cuidado será poco porque esa escalera del mercado registraba los más sonados batacazos conocidos en el pueblo.
Suspiraba Susana cuando pisaba firme, demonios de escalera, y allí el público parecía más opaco y más denso, apelotonado ante los puestos ambulantes, mercadillo oficioso, casi zoco, tolerado, admitido y bendecido por la tradición.


Allí, almejas y coquinas a cincuenta céntimos la lata en canastos que huelen a mar, y los iguales para hoy y aceitunitas aliñás y la reolina con la llamada de la suerte, siempre toca, por cinco euros un jamón. Y encajes y cintas de colores y pañolitos japoneses y peines de carey y pastillas de jabón y frasquitos de no se sabe qué sobre cajones empalmados. Para esta noche, la muñeca vestida de faralaes a cincuenta céntimos la papeleta…

Según avanzaba medio a tropezones con los que subían, Susana sentía la punzada de lumbago, el calambrazo en la pierna izquierda y, por si fuera poco, el escozor de los tobillos lastimados por esos carritos de mano que se habían puesto de moda, pero acudía al puesto de aceitunas, gordales, manzanillas y aliñás, qué ricas estaban, un euro el pelotazo, cartucho de papel de estraza al canto, ¡ vamos a las aceitunas, niñas !, a un euro el cartucho de papel de estraza.
 
¿A qué hora venderá turrón ése de gorrito y mandil blancos?,  porque ahí estaba, dueño y señor del tenderete atiborrado de turronería para las moscas.
-Cuidado, esa moto… La moto había caído al suelo por el refilonazo del coche, caída espectacular y estrepitosa sonante a toneladas de hierro viejo. Aparecía en la puerta del bar aquel muchachote greñudo que, cuando confirmaba lo que temía, hacía que no con la cabeza y se iba hacia el coche, iracundo y desaforado,
– coño, ¿es que no tiene usted ojos?, 
– y  usted, ¿es este sitio de aparcar?, que sí, que no, las manos por la ventanilla y a punto de cualquier desaguisado, el tapón circulatorio y el grupo de curiosos en creciente cuando aparecía el guardia, Jose, sacaba la libreta y encaraba al greñudo, que no, agente, la moto es una herramienta de trabajo y como él forzosamente debe trabajar, pues eso, trabaja y, como trabajador, tiene derecho a aparcar donde sea como todos los trabajadores, eso es, no como los señoritingos que van en coche por puro cachondeo…
Ya había mirones en una y otra acera porque nadie podía pasar. El guardia le decía ahora al de la moto que ya estaba bien, las protestas al Juzgado y que se llevara el cacharro. El del coche abría sus brazos indulgentes en muestra de paciencia infinita…

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