Ponientelargo
Rumbo de aguja = 162º longitud= N036º 46,714’ Latitud= w006º 21,238’ Una de las olas vino a romper en aquella puerta principal del viejo edificio, puerta solariega, envejecida por siglos, de pueblo llano y burgués, de señoritos en coches de caballo y mocitas recatadas al borde de la acera, de aquel casino, de caballeros vistosos y acicalados, ojeadores de puro en mano y mente dormida si no distraída en ideales y desvaríos, en decadencias y hastío, entre quiebras y despedidas.
Justo en aquella esquina, en el muro lateral del edificio y frente a la tasca La Barbiana se desplegaba tímida pero constante en los días, recatada pero orgullosa de sus adentros, la placa conmemorativa de los 265 tripulantes que un día veinte de septiembre de mil quinientos diecinueve partieran de este puerto bajo el mando de Fernando Magallanes rumbo hacia latitudes y longitudes que un seis de septiembre de mil quinientos veintidós significaran la vuelta al mundo conocido. Solo dieciocho navegantes volvieron, y entre ellos Juan Sebastián El Cano, de Guetaria.
La mar subía de nivel y precisamente aquella plaza conmemorativa servía de azarosa regleta de nivel. Subían un pie más las aguas, a la altura justa de la inscripción de uno de los gloriosos marineros, Juan de Arratia, de Bilbao, y seguían subiendo las aguas, ahora hasta la marca de Hernando de Bustamante, de Mérida. Y aún pudo observar a dos pies sobre la marca anterior el nombre de otro marinero ilustre, Francisco Albo de Axia.
Ra=151º
l= N036º 46,653’
L= W006 21,224’
Corría el mar, hacia el barrio alto, recién pasada la plaza de San Roque, donde en otros días las mocitas sonreían al pasar, cargaditas con el carro de la compra, quizás desde el puesto de frutas, o desde el quiosco de peregil encogido en aquella esquina de la trascuesta.
En otra época, estas calles estaban empedradas y eran buenos empapantes de la lluvia pero desde que al Ayuntamiento se le ocurrió lo del asfalto resulta que hasta los simples salivazos chorrean por la pendiente como culebrillas menudas. Y no más caen cuatro gotas, las aguas correderas borbollonean como torrentes ciegos hasta la altura de los bordillos.
Ayer mismo, tan solo ayer…
Susana debía cruzar y no sabía cómo, es decir, sin mojarse los pies porque la torrentera había engordado de tal suerte que cubría prácticamente hasta el centro del arroyo. Susana, miraba, zascandilea de acá para allá y no se decidía hasta que al fin hubo localizado tres jorobas consecutivas en el pavimento donde, con algo de suerte, el agua no le rebasaría los tacones. Dudaba….

