PonienteLargo
Susana dudaba …..
Oscilaba, saltaba, vacilaba, melindreaba, otra zancada, medita unos instantes, saltaba de nuevo y, superado el último obstáculo, ya estaba en la otra acera. Casi tropezaba con el hombre panzudo que salía del portal cuando pasó aquel Mercedes impávido, magnífico, negligente.
Susana apenas si oía el siseo sostenido del motor ni advertía los surtidores de las ruedas, de modo que se había visto sorprendida por el pequeño maremoto que le dejaba chorreones de agua embarrada en las faldas y en las medias y, por si fuera poco, un frío áspero en los pies.
También el hombre panzudo tenía salpicones en el pantalón y farfullaba: -”Hijo puta”. A nadie , porque el Mercedes ya había doblado la esquina. Dos mujeres con canastos, movían la cabeza y repetían casi a dúo:
-”Los coches, hay que ver”. Y seguían.
Susana torcía a la derecha, pasitos cautelosos como si dudase de la solidez del suelo porque era como si la lluvia enjabonara las aceras de aquella cuesta del demonio. Allí estaba el mendigo de siempre, sentado en el escalón junto a la gorra pringosa con siete euros, al descubierto el muñón de la pierna cortada, total, siete euros como si la caridad, sobre todo estos días grises, se volviese más tacaña con los pobres.
Esos dos que subían ni lo miraban, despaciosos, pellizas recias, uno de ellos medio asfixiado cuesta arriba decía:
-”Porque cuando Paco Ojeda abría el capote… “, y casi marcaba media verónica con los brazos.
El otro miraba y asentía con la cabeza. Luego, a la vuelta de esta esquina, la pendiente era más pendiente, olorosa a vegetal aceitoso, a musgo reciente, a hojas machacadas. Por encima del muro inclinado de enfrente, la horizontalidad perfecta de la cinta del mar, blancuzca, desvaída. Pero el chaval que subía a brincos no miraba al mar sino a las dos nereidas exóticas, exultantes, pantalones vaqueros y chaquetones de cuero, tacones altos, que ahora adelantaban a Susana.
Subían tres, cuatro, cinco mujeres, pausadas, cansinas, jadeantes, bolsos y bolsas en las manos, silenciosas acaso por ahorrar la última molécula del oxígeno que les faltaba. Las voces, los sonidos, las pisadas rebotan como acorchados sobre el muro de piedra labrada y en el tronco de los álamos. Aquella viejecita de mirada pesarosa dejaba el canasto en el suelo, suspiraba y ayeaba, la mano apoyada en el muro.
Más abajo, el pedigüeño inexplicable, alto, gafas de sol, estático, el sombrero descuajaringado en la mano como un pájaro muerto. Ni siquiera lo miraban las dos mujeres que subían a parones, gesticulantes y parlanchinas.
“A los ricos caracoles, niñas, vamos a los caracoles…”
Pregonaba aquel vejete, dos canastos por delante cubiertos de hinojos. Olían a infusión de eucalipto, a matojo silvestre.
Y Hasta el viento parecía cansado sobre la pesadez de la cuesta……

