PonienteLargo

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
Sanlúcarsur Ponientelargo Capitulo 34
Eduardo Dguez-Lobato Rubio.-Y hasta el viento parecía cansado sobre la pesadez de la cuesta, con esos rachones aburridos que apenas mueven las copas de los álamos.
Sin embargo, se permitía la travesura de levantar las enaguas de dos mujeres que charloteaban en el rincón, Dios mío, ¿qué es esto?, todo confusas en el empeño de apaciguar a manotazos los vuelos de la tela rebelde, máxime cuando aquel tipo cachondón con cara de luna llena miraba con el mayor descaro y, encima, se reía. Las mujeres, azaradas, rompían en nerviosera y también se reían.

Cuando pisaba el escalón del mercado, Susana llevaba las cuentas ajustadas al céntimo, porque el dinero es el dinero y ni se lo regalan, ni lo roba, ni le sobra y, por mucho que afine, al final de mes le venía tan a lo justo que casi no le llegaba y, si se distrajese un poco, ayuno y abstinencia por tres días. El dinero era la única cosa de este mundo que no permitía estiramientos ni fantasías.

 Habas contadas. Ella, entre una cosa y otra, tres euros diarios. De ahí no podía pasar porque la vez que se pasó empezaron los líos, los embrollos, los atascos y ella, en definitiva, no quería trampas.
 
Aceitunita comida, huesecito fuera. Ayer, pongamos por caso, tocaba el cuarto de carne porque anteayer fue pescado. También tocaban las patatas, la coliflor, la lechuga, las naranjas y algo más pero, con ese desastre de cabeza, no caía así de pronto aunque, seguramente, se le vendría a la vista. No había demasiada gente porque ese Mercado Central de Abastos -así le llaman en los papeles- ya no era lo de antes. Entre los súper, los tenderetes, los ambulantes, los intrusos y los chinchales en danza por toda la periferia del pueblo, el público en general y los dinerillos en particular se desperdigaban hasta el infinito.
 
Que lo dijeran, si no, pescaderos, carniceros y verduleros, chaquetillas y gorritos blancos, despepitados a bocinazos porque eso, más que pregonar, era rabiar. A cualquiera que se le preguntara respondería lo mismo: “Aquí ya no vienen ni las ratas“, un decir porque si algo sobraba para dar y tomar en este mercado eran precisamente ratas, al menos, durante la noche, por aquellas callejuelas colindantes. No era que carniceros, verduleros y pescaderos fuesen aficionados a estadísticas y monsergas pero, cuando hacían números –y aún sin hacerlos– saltaba a la vista que la clientela y los dineros, sobre todo los dineros, andaban por la mitad de hacía diez años.
De mal en peor, como decía Juanichi el recovero…..

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