Poniente largo

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
Sanlúcar Sur PonienteLargo Capítulo 21
– Pero hombre, -dijo José- esto lo arreglo yo, mire usted, la náutica por esto le va cobrar una fortuna, y yo, que ahora tengo un ratito libre, le pongo dos puntos de soldadura y a correr.
Dicho y hecho, destornillamos la pieza con la navaja de abordo, y nos fuimos hacia el taller del puerto.
–                Mire, a mi no me pagan por esto, no está dentro de mis obligaciones, pero si uno  puede hacer un favor se hace y santas pascuas.

José hablaba, mientras faenaba con la pieza dañada, hablaba de la empresa, del Patrón, del injusto trato hacia los empleados, de horas trabajadas y no remuneradas, de odiseas vividas por pescadores a la deriva en días de fiesta y la falta permanente de asistencia por parte de las autoridades del puerto. En fin que con José, y de manera fácil y cercana uno podía hacerse una idea del contenido de sus peticiones, de la cruda interpretación administrativa de leyes y normativas, de manejos y gobernantes irracionales, de reglas y ordenes muy alejadas de los usos de la mar.
 

Y por otro lado, José traslucía su realidad de cada día, manaba en saberes de las gentes  y de sus cosas, de desenlaces diarios, de lances y travesías, y al final, al final todo sobre las espaldas de la buena gente, siempre sobre la buena gente.
 
Mas tarde, sus pasos de despedida se fueron haciendo livianos, o quizás el distanciamiento paulatino tornaba sus pisadas cada vez más inconsistentes.
Volvía la mirada, curiosamente, casi de manera infantil, una y otra vez, como si quisiera asegurarse o convencerse de aquella buena faena realizada.
 
Y seguía pensando que estas sí eran las gentes de verdad, a unos minutos de conocerlas y ya te contaban de pesares e inquietudes, de vivencias, disgustos y desengaños.
El viento seguía soplando de Poniente, un poniente largo y molesto, y que cada vez tensaba más y más el obenque dañado de estribor, ahora a barlovento y antes desesperado y luchador por aquella virada repentina.
 
Aún así, las aguas seguían llenándose de lanchas y botes, soñadores de tardes de pesca y de trofeos reconocidos.
Mientras rebuscaba entre las bolsas de proa el último bocadillo de lomo y manteca, sintió los rasjeos de la caña del timón por el interior de la bañera de popa, la caña disponía de una articulación y una extensión que hacia mucho más fácil el gobierno de la embarcación cuando el patrón se desplazaba a lo largo de la borda hacia proa.
 
La caña seguía rasgando, parecía como si alguna fuerza exterior, añadida a la presión de las olas, forzase más y más, cada vez más la pala del timón.
En ese momento, en ese preciso instante, sintió como las olas se domesticaban al son de un enorme fetch, y entonces………………….
eduardo dominguez-lobato
 
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