Poniente Largo
Ra= 147º
longitud= N 036º 47,012’
Latitud = W 006º 21,540’
Subía por las crestas de las olas que una y otra vez imbuían al “TOSTAKI” en una progresiva marcha hacia la orilla, espumeante y blanquecina orilla que poco a poco se iba acercando cada vez más y que a su vez iba situándose en cada última rompiente más tierra adentro.
Porque el nuevo nivel de las aguas desparramaba las sales diluidas entre las primeras baldosas de Las Piletas, luego rodeaba la pequeña balaustrada del paseo marítimo y, poco a poco, sin vuelta a tras fagocitaba el viejo albero de La Calzada.
Tan solo podía mantener el rumbo firme, gobernar la embarcación como mejor podía y consentir una y otra vez las embestidas prósperas de aquellas rachas de viento de poniente que entraban por la aleta de estribor de la embarcación.
Lo decían ayer, falta hacía un buen porrazo de agua y algo había caído, aunque ese algo, cuando se hablaba de esta viña, era como quien dice nada. Cinco arranzadas de arenas, ni siquiera albariza, ni albarizón siquiera, que se tragarían sin alagunarse el diluvio que le echaran.
Pero, en fin, menos da una piedra. Ultimamente los años venían cortos de agua y un medio avío pues, eso, siempre es algo.
Ayer, tan solo ayer…
Lo pensaba David mientras miraba al cielo de la mar donde los nubarrones, apelotonados a lo lejos como pegotes de cemento, cambiaban de dirección. Casi venían ahora de Poniente y navegaban hacia el casi Este en bandadas gregarias, alargadas y deformadas hasta el desgarramiento en flecos caprichosos, hilachas y pingajos.
“Por ahora se fue el agua”, mascullaba David y miraba otra vez hacia los cielos. Estaba en cuclillas junto al arranque del primer liño, pegado al carril, y amarraba con tomiza la vara suelta zamarreada por el temporal. Ya apuntaban los brotes, le nacían los primeros botones a las varas como capullos sedosos, tiernos, vulnerables, de un verde recién nacido.
-”De aquí a vendimia a ver qué pasa”-, pensaba David. Chasqueaba la lengua y movía la cabeza…
De aquí a vendimia ocurriría que, antes de que las botonaduras de las varas rompiesen en racimos, habría que echarle al campo muchas espaldas, muchos brazos y muchos riñones. Y, encima, sus euros, que esa era otra, enterrar a conciencia dinerillos ahorrados y el trabajo de un año para que, luego, todo quedara a capricho del mildiú, de la pudrición, de las levanteras, de la sequía o del demonio.
La viña era como una niña bonita o, mejor, como una novia, qué digo novia, una querida cara, remolona, exigente y veleidosa que jamás se remangaba las faldas en balde y porque sí. El año pasado, pongamos por caso, fue fatal. Luego de que David se deslomara con la máquina de sulfatar a cuestas más de un mes, después del horquillado, estercolado, poda, bina, rebina y su puñetera madre, ocurrió que allá en agosto llegaron por sorpresa la araña roja y las pustulillas moradas en las uvas, menos mal que David siempre andaba al quite y no le perdía ojo a las cepas, de modo que consiguió medio atajar el mal en sus empiezos.
Pero, aún así, vendimió diez botas menos, es decir, diez carretadas justas por debajo de la cosecha anterior y, ya se sabe, semejante bajón en casa del pobre representan un capítulo. Encima, la Cooperativa encerró los mostos pero no pagaba. No pagaba porque no se vendía, que si la exportación va mal, que si Inglaterra compra menos, que Holanda falla y que si el mercado nacional se iba a la puñeta con tanto bebistrajo extranjero, total, que cuando se cobraba habían pasado dieciocho meses y sin intereses.
Ahí estaba el problema. Entrámpese usted, labre usted, deslómese usted, jódase usted y, para remate, cobre usted al año y medio o, si no, la negociación por tu cuenta, o sea, el diez por ciento, puñeta, entre una cosa y otra, a ver si no vale la pena aguantar el chaparrón y defenderse a trancas y barrancas como buenamente se pueda antes que trampear con los Bancos. Esos, ésos son los que hacen la vendimia sin mostearse…..
eduardo dominguez-lobato http://blog.dominguezlobatoabogados.com/

