Poniente largo

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
-Pues si que tenemos el día hecho.
David se rascaba la oreja y luego, ya de pie, se subía el cinturón, medio derrumbado a la altura del ombligo. Olía a resina, a yodo, a limón verde, y algún pajarillo chisgarabeaba por ahí, seguramente en las macrocarpas.
Tres o cuatro gallinas parsimoniosas y el gallo color ceniza picoteaban entre los geranios y dos gatillos jóvenes, atigrados, jugueteaban a saltos y cabriolas con las moscas.
A lo lejos, entre los árboles, brillos instantáneos de coches veloces en los dos sentidos. Llegaban gruñidos de marranos, orondos y satisfechos, desde detrás de la casa y ya alborotaban los gorriones en los árboles. Enmudecían de pronto y salían disparados en bandada por encima de la casa hacia la playa. Dejaban en el aire aquel rumor sordo, acelerado, de plumas turbulentas.

Atrás, bramaba el mar, espesos, intermitentes mugidos de toro embravecido prolongados por bufidos remansados, como de máquina de vapor. Y ahora entraba el ferrobús, anunciado por largos, afilados pitidos cada vez más agudos. Luego, pasaba pitando sobre el viento desplazado por el fragor de los hierros y desaparecía tras la arbolada de la izquierda enfrascado en sus pitadas, ahora más graves.

Entonces, David habló resignadamente:
Bueno, iré pero tendré que arreglarme un poco, ¿no? Así, con esta pinta…- Abría los brazos y se miraba el jersey celestón con vetas terrizas y los pantalones de patén salpicados de barro y los botos deformados por las pellas de tierra pegada. Miraba a Juani y decía:
-Porque tampoco será cosa de presentarse así, digo yo…
Juani alzaba los hombros y apartaba con la puntera hacia el arriate al escarabajo muerto. Dijo:
-Bueeno…
Cuando David entraba en la casa, Sole, su mujer, le preguntaba intrigada, acaso alarmada:
-”¿Qué pasa, ocurre algo?” Después hablaba bajito, envolvente y protectora. Luego discutían, un diálogo susurrante que, al final, quedaba en monólogo. Sólo se oía la voz de Sole como el moscordoneo inflexible de algún abejorro encerrado, hasta que tronaba David, exasperado, cortante:
-Sole, déjame, leche.

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