Poniente Largo

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
SanlúcarSur Ponientelargo capítulo 25
 Ya salía, el sombrero nuevo gris con cinta negra, la camisa blanquísima asomada al jersey color crema, chaqueta y pantalón gris marengo y botines negros. David hacía movimientos de ajuste a tirones de la solapa, ajustaba al máximo la hebilla del cinturón sobre la curva del abdomen, abrochaba un solo botón de la chaqueta y paseaba la vista a lo largo del cuerpo, hasta las punteras acharoladas. A Juani le vino aquel punzante olor a naftalina cuando Juan decía:
-Ya ves, Juani, me he puesto el traje de luces, ¿qué más quieres?.

Era el traje de cristianar en el argot campesino y llevaba en el ropero no menos de once meses con bolitas de alcanfor en todos los bolsillos. En por lo menos quince años, sólo en trece ocasiones sonadas se lo había puesto David, qué menos, cuatro bodas y nueve entierros, y siempre la misma sensación de incomodidad, de envaramiento, como aprisionado por alguna armadura extravagante.

Además, el botín derecho le apretaba por detrás del talón. Daba pasos por la explanada como probándose el pie, cojeaba y decía por lo bajo: -”Vaya puñeta de zapato”. Taconeaba en el suelo y luego hablaba en alto:
-Vámonos, Juani.
Después casi gritó hacia la puerta de la casa:
-Adiós, Sole…
Se asomaba la mujer por la ventana, en oblicuo, la sien casi pegada al quicio. Tenía los ojos colorados y se tapaba la nariz con el pañuelo. Ya iba David detrás de Juani por el pasillo de las buganvillas cuando oyó la voz de su mujer:
-Cuidado, David, no te metan en ningún lío.
Parecía como traumatizada y casi lloraba cuando cerró la puerta de cristales. Dijo: -Dios mío, ¿por qué lo meterán en estas cosas?
Sin proponérselo, Sole había pronunciado casi las mismas palabras que tres años antes en la puerta de la carcel, cuando aquel avejentado guardia le rechazaba aquella bolsa de comida porque el detenido David Pérez Lugón había sido trasladado aquella misma madrugada. Pero al decirlo, se le escapaba cierta sonrisa condescendiente o acaso irónica que era como un fogonazo de esperanza, mucho más cuando venía acompañada de la asombrosa revelación de que David Pérez Lugón habíase fugado durante el traslado. El muchacho estaba en lo cierto. Aquella agobiante madrugada de agosto, los presos se arremolinaron empavorecidos y trepaban incluso por los salientes del muro en su arrebatada locura hacia la salvación imposible.
Ni el mismo David pudo explicarse nunca cómo y por qué saltó de inmediato sin remoloneos ni resistencias y con la felina elasticidad de sus diecinueve años. Allí aguardó a los otros seis por espacio de veinticinco minutos y, en medio de la confusión inenarrable de aquel caos dramático, tuvo la suficiente sangre fría para mantener las manos juntas atrás, de modo que a nadie le pasó por la cabeza el rito de esposarle las muñecas.
 Después alzaba la cabeza hacia el estrépito colosal que berreaba por encima de las nubes.
-Es uun reeactor dee la Baase…
 
eduardo dominguez-lobato rubio   http://blog.dominguezlobatoabogados.com/

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