Poniente largo
Eduardo Dguez-Lobato Rubio.-Ayer, tan solo ayer…
Se había calado las gafas y abría el periódico. Estaba sentado junto a la puerta y la claridad le llegaba en oblicuo desde el estrecho rectángulo de luz.
Quintín ladeaba el diario y medio se volvía hacia dentro por buscar la máxima perpendicularidad del resplandor difuso. El diario tenía un formato descomunal, tan imbarajable, que le obligaba a mantener los brazos casi en cruz, de forma que los ángulos de arriba colgaban hacia fuera como orejas caídas.
Quintín tosía, carraspeaba y soltaba el salivazo hacia la izquierda, justo cuando la mosca se le posaba en la frente. La despedía con cabezadas bruscas pero el díptero, apenas huía, volvía a la carga, ahora a la mejilla. Entonces la espantaba con el hombro y escuchaba el zumbido del insecto que retornaba esta vez al entrecejo y, desde allí, subía a carreritas cortas y en zigzag hasta la entrada de la calva.
Quintín no soportaba más, dejaba el periódico colgando sobre las piernas y le soltó con la derecha una palmetada furibunda. El maestro levantaba la vista cuando escucha el palmetazo. El maestro estaba enfrente, sentado ante la banqueta, el delantal de lona oscurecido por el betún de los siglos, el martillo aplicado con devoción al zapato colocado en la horma. Quintín casi se azaraba cuando el maestro miraba hacia él por encima de las gafas, simples óvalos de alambre ajustados a la punta de la nariz. Había dicho:
-Las moscas, jodidas moscas… Y el maestro respondía:
-Ya hay moscas, muchas moscas… -Y proseguía el claveteo.
Otra vez el insecto, ahora al labio superior. Quintín, por no soltar el periódico, sacaba el inferior y soplaba hacia arriba de modo que el bichejo se iba pero, inmediatamente, a la oreja. Parecía como si también quisiera leer desde alguna posición de privilegio.
Pasaba alguien por la acera y había entonces como un eclipse momentáneo de luz, cuando dos individuos discutían allí mismo, ante el rectángulo de claridad. Llevaban monos amarillos con salpicones blancos. El de la voz más bronca le decía al otro:
“Coño, te dije que no hablaras de presupuesto, eso es cosa mía”.
El otro se disculpaba: – “como llegó así de repente y tú no estabas…”
-”Y tú estabas acarajotao-, se enfadaba aún más el de la voz bronca. Cuando se iban, la luz pegaba como un hachazo sobre la pared del fondo.
El periódico no decía nada o, cuando menos, nada de especial interés para Quintín. Para empezar, la política y, ¿a quién puede interesarle la política? .Sólo a los políticos, está claro, clarísimo.
Parecía como si los periódicos salieran por y para ellos, los políticos y, tal vez por eso, Quintín no leía más que los titulares de estas páginas iniciales y eso cuando los leía, que también dependía. Ayer, pongamos por caso, sí, porque con el día cerrado en agua tenía media mañana por delante, eso es, de allí a que su mujer viniera a recogerlo pasaría, por lo corto, hora y media.
Luego el maestro soltaba el martillo y encendía el medio cigarrillo ensalivado que le colgaba de los labios. Siempre usó ese mechero de yesca, mecha enrollada abajo, que deja este puñetero olor a incendio. El maestro cerraba un ojo por el humo y preguntaba con la mirada fija en la puerta:
-¿Y qué dicen hoy los papeles?
-Buaa, lo de siempre.
-Yo de papeles nada, ganas de meterse embrollos en la cabeza. Seguía claveteando y el transistor, allí al lado, hacía clop, clop, clop, tal si transmitiera como alguna sonora tormenta….

