Marineros de Bonanza

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
Mis amigos, los marineros de Bonanza
Eduardo Dguez Lobato-Rubio.-Sí, todos los domingos tomo una cervecita con ellos, ellos, los de la desembocadura del Guadalquivir, en el bar Orcha, la Campana o en la misma esquinita de la entrada en el muelle, tasca, pescaito, tan recién frito como recién pescao. Marineros de Bonanza, los de horas tensas, crispadas, angustiosas, muchas veces de lances violentos a flor de agua, en esa oscura y densa marea de dificultades.
El problema, como siempre,  el choque de pescadores y Administración, porque dicen, ellos, que nadan saben por esas, aquellas oficinas burócratas de caladeros definitivos, de millas de arrastre o cerco, de capturas del boquerón. Vamos, que me cuentan que está bien lo de evitar la pesca de inmaduros y esta bien lo de la conservación de los caladeros, pero, que le consulten a ellos algo, por lo menos de vez en cuando, al menos por cumplir.
Porque nadie mejor que ellos sabe de supervivencia, de paro biológico, de repoblación de caladeros, de enriquecimiento de los fondos.
Y le digo: 
– pero “ Rape”, hace falta paro biológico, que os pasáis con el “overfishing”.
          Y me dice:
–          Que sí, que hace falta, pero habrá que acordarse de nuestras familias, de esas otras faenillas que dependen de las nuestras, de un poquito de garantías para nuestras espaldas….
El “ Rape” y su hermano tienen dos barcos, el “ Lepe” y el “ Playas de Castilla”, cuidados, pintados hasta lo obsesivo, bandera al viento y las artes dispuestas, junto a la máquina de chorrar.
 
Lo uno y lo otro, porque todavía es hora de remedios históricos y de soluciones imaginativas, las que compaginen la inactividad laboral forzada con ayudas o compensaciones actualizadas a los tiempos y a las realidades, si no, cómo permanecer de brazos cruzados.
 
Y otro asunto, “ Rape”, el problema de las mallas, de las redes. Hombre, todos estamos conforme con que al pescado hay que dejarlo crecer. Fíjate, un kilo de langostinos pequeños, inmaduros, multiplica su peso por treinta como adultos. Eso por un lado. Pero es que además ya crecidos el precio aumenta veinte veces más.
–          Ponga usted otro vasito, pues eso, que estamos en lo mismo, que algo hay que hacer, que los barcos están ahí y que hay que cumplir las reglamentaciones, pero con la elasticidad suficiente para que nuestra vida funcione, sin hambres para nadie.
–          Vamos, con la Ley en la mano, sí, pero con la otra mano puesta en el corazón

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