¿Dónde está el mensajero de los Dioses?
Ya nadie nos respeta, digo a las gentes, cuando se abalanzan hacia nosotros con las inverosímiles justificaciones en un no decir lo que se quiere y en el decir lo que para nada sirve. Pongamos por caso, Sr. MAFO, hecho el petate, de vuelta para su pueblo, sin casar con esta Iglesia y gateando en silencio, porque…
– si por mi gusto fuera, si yo dijese lo que quisiera, pero si el Gobierno pretendiere que….. si yo hablara….
Palabras solo palabras, lo mismo siempre lo mismo.
Hermes, Dios olímpico, prudente y hábil, maestro siempre de los intercambios sociales, ¿ por qué nos has abandonado ?. Ahora que nos encontramos siempre, casi todos los días, rodeados de forasteras ideas, digo las de Europa, entre las lástimas del vecino, como gusarapos encogidos y defendiéndonos solos .
Ay Hermes, si nos vieras, rodeados de sinvergüenzas, con granujas en cada balcón y en espera de los entierros de cada día, entierros sociales, reivindicativos, familiares, domésticos e hipotecarios que tantas plusvalías traen para esos pocos, abalconados, gárgolas siniestras, sembradoras de sin-remedios y con la matraca de las cifras, día tras día.
Interprete usted las cosas, Hermes, del Olimpo, nos dieron escuela, para que no nos faltara el jornal, porque en cualquier sitio iban a venir bien las formaciones profesionales y las licenciaturas, y las cosas que pasan , que a las vueltas de las esquinas ese cinco millones de buscadores del futuro diario más ve cates y pellizcos que horizontes laborales, más ve puntapiés a sus curriculums que vacunas a sus esperas.
Ay, Hermes, Dios olímpicos, ¡ haznos hijos tuyos ¡, para que inventemos el fuego de la prosperidad, ese que todos los días se nos escurre entre los dedos. Porque seguimos sirviendo para mucho, aunque nos lastren la autoestima, y habremos de seguir quitando con el plumero los malos polvos de cada noticia sin hacer añicos el jarrón de nuestras dignidades.
Mal fario nos proponen todos los días, con esta que tienen armada, ventoleras de mala pata, gritos en parlamento y cien corrientes y mareas deshumanizadas.
En fin, y que en buena hora lo cuente yo, que sonaba la flauta, que los encargos y monsergas de Bruselas se desvanecieron, que la democracia se volvió real, que las cargantes manías políticas naufragaron y que el Sol volvió a ser el Sol, iluminador de todos.
Eduardo Dominguez-Lobato Rubio

