Feria de la Manzanilla
Eduardo Dguez Lobato-Rubio.- Se nos ha ido, ayer, como cenicienta, a las doce en punto de la noche. Esa feria marinera, manzanilleramente sanluqueña o sanluqueñamente manzanillera, que igual da, feria a la verita de la mar, orillita del agua, entre el canal y Doñana, entre esas boyas de colores, verdes y rojas.
Se nos ha ido, un año más, feria de clima exacto, entre la crianza de la manzanilla, el suelo alberado y la humedad justa, sal exacta, sol benigno y vientecillos marero, con ese soplo mágico del Poniente cada vez que sube la marea. Feria de puertas abiertas, llana, generosa, donde nadie puede sentirse extraño, donde en cualquier sitio y a cualquier hora aparecen la copa y la sonrisa, la cordialidad y la amistad, con esa hospitalidad y acogimiento que han sido siempre emblemas de lo sanluqueño.Ahora, esperemos quizá a la sonada y renombrada reubicación de la feria, para que estas arenas de La Calzada vuelvan a despejarse de tanto pisotón y copa derramada.
Pero este año, uno más, aquí ha estado, para gente de pelo en pecho, genio pronto y flor al pelo, aquí ha estado para esta gente nuestra, de poderío señorial, caballerizas de crines negras, de todo signo social, carné andaluz de esa identidad campera que confiere prestancia y rango.
Así que de la Manzanilla venimos, de su Feria, lisa y por derecho, sin intermediarios ni pretextos, directamente al grano, al cuerpo limpio de ese langostino recién pintado, digo cocido, que bien parecieran bodegones retratados por algún “ Romero de Torres”, o nuestro buen amigo “Manue”.
Así los hemos visto, en tapas, fuentes, adornados y desnudos sus pechos a la blanca sal, porque para eso está también la feria, para verlos y comerlos, para clavar tacones bailaores en la música de la marea, para derramar el cuerpo sobre el milagro vertical de la sevillana, para ponerle banderillas con castañuelas al torito encelado de la madrugada redonda.
Así que, volvemos de ese prodigio manzanillero, ese que nos repliega a lo que íntimamente somos, ese que nos enciende las luces de los sueños y nos catapulta hacia lo alto con nuestros ropajes verdaderos.
Y si no fuera así, carecería de sentido esta y la otra reunión de amigos, como bien lo saben quienes por una u otra causa deben renunciar al esplendor del vino manzanilla, los mismos que se confiesan irremediablemente extraviados, fatalmente náufragos en la verdad efervescente de la feria.
Así fue esta semana, fue siempre y así siempre será

